Desde hace tiempo que he querido compartir los tres niveles de la escritura que descubrí, tanto en mi experiencia como lector, así como escritor.
Hay muchas teorías sobre lo que debe ser una buena lectura, como eso de que una historia tiene que contar dos historias de Piglia; lo de que la novela gana por puntos y el cuento por knock out, de Cortázar; o lo del iceberg de Hemingway: se escribe lo que está en la superfice y se dejan guiños para lo que está debajo. Todas son importantes y más que reglas a mi me gusta verlas como retos, y plantearme si es posible, hacer lo que ellos dicen, y en qué medida.
Pero hay otra inquietud que tengo desde hace tiempo y es sobre en qué momento, un texto se convierte en literatura. La respuesta obvia es que se convierte en el momento en que lo escribes, y quizá yo tendría que encontrar un adjetivo mejor para referirme a «lo literario» de los textos. Sin embargo, he buscado la forma por mucho tiempo, y no encuentro otra manera de definirlo.
Lo que sí he descubierto, es que hay tres niveles de escritura: lo anecdótico, que refiere a ese tipo de texto que sólo cuenta una historia como una sucesión de acciones, que contiene por decirlo así, una experiencia básica, una estética simple (qué se cuenta); lo narrativo, en donde el escritor ha hecho un esfuerzo por proveer una experiencia particular, mediada por un punto de vista y una esctructura definida (cómo se cuenta); y por último, esa otra cosa un poco más intagible de los textos, difícil de identificar que pero que sucede cuando la narración se convierte en otra cosa, cuando contar los hechos es lo menos que importa sino con qué intenciones se narra (qué sucede cuando se cuenta) y la he denominado como lo literario.
A continuación desarrollo la misma historia a través de los tres niveles, para ello recurriré a lo más simple, un microrelato con la intención sólo de ejemplificar cada uno de los niveles.
Lo anecdótico. Cuando empezamos a escribir, es común que nuestra escritura se centre en lo anecdótico, pensamos que lo más importante es narrar los hechos.
Ayer me encontré un billete de 100 dólares cuando caminaba por la calle. Lo recogí y seguí andando unas cuadras más hasta que me cruzé con un bar. Entré y decidí pagar una ronda para todas las personas que estaban ahí en ese momento. Le dije al cantinero que sirviera a todos. El cantinero hizo caso y sirvió a todos excepto al señor que estaba a mi lado quien se negó a recibir mi obsequio.
Nota: lo anecdótico es tan básico que no nos permite conocer el sentir de los personajes, tampoco nos ayuda a imaginar y experimentar la atmósfera del lugar. Es casi sólo el esqueleto de una historia, descriptivo y sintético.
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Lo narrativo. Implica tomar algunas decisiones, una de las más importantes, es el punto de vista del narrador. ¿Quién cuenta la historia? En este punto, tenemos qué preguntarnos cuál es la parte más interesante de la historia. Quizás la persona que se encontró el billete no tenga algo tan interesante qué contar de ese momento, se lo encontró y ya. Pero para los del bar, seguramente sí es un evento memorable. Por ello, es más interesante desde la narración conocer el punto de vista de un cliente del bar, o desde el mismo cantinero. En este punto hay que poner atención en elementos que puedan ayudar a construir la atmósfera para ofrecer la experiencia al lector de estar en el lugar.
En ese momento yo cambiaba los canales de la televisión porque la partida de futbol estaba por comenzar. Don Augusto y sus colegas ya empezaban a inquietarse en la mesa que estaba más próxima a la pantalla. Por eso cuando entró sólo le di un vistazo rápido, pero no hizo falta más. En este oficio uno aprende a saber quién es quién sólo con la facha. Un jovencito así, de gorra y tenis, no era necesario que dijera nada, sabía que no se trataba de un cliente regular, ni siquiera de alguien de este barrio. Al principio pensé que sólo venía a cambiar un billete, que quería algunas monedas para pagar el parquímetro en esta cuadra. Regresé detrás de la barra y ahí le esperé. Se acercó, y se sentó al lado de Jiménez. No dijo nada, observaba a cada uno de los presentes. Luego me miró con una sonrisa pícara.
—¿Qué te sirvo, muchaho?
—¿Cuál es el licor de la casa?
—Mezcal —respondí—, muy bueno, es de Oaxaca.
Estiré el brazo y alcancé la botella a medio terminar. La puse delante de él. Preguntó por el costo. Le dije que era barato, que se animara a probarlo. Saqué un caballito de cristal y le serví la mitad para que lo degustara. Se sorprendió por la cortesía. En serio que hoy es mi día de suerte, dijo. Nos contó lo que había ocurrido. Acababa de salir de su clase de francés, y caminaba como siempre rumbo a la parada del autobús. No sabe por qué voletó hacia el suelo, nunca camina así, prefiere mirar a las universitarias que también salen a la misma hora que él, buscar en los rostros que pasan alguna cara conocida. Pero esa tarde, allí, junto a la llanta de un auto, había un billete de 100 dólares. Nos lo dijo entusiasmado, luego metió la mano en su bolsillo y sacó el billete, lo estiró en la barra ante nosotros. Tóquenlo, dijo, no es falso.
Jimenez bufó, se negó a tocarlo. Yo tendría cuidado muchacho, le dijo, el universo no da nada gratis; y luego tiene unas formas muy torcidas de cobrárselas. Al chico no le importó. Seguía contento con su hazaña. Se terminó el mezcal y me pidió que le sirivera una ronda a todos. Soné la campana del bar, dispuesta exactamente para eso, para los venturosos que invitan tragos, aunque hacía mucho tiempo que no sonaba. El bar respondió con aplausos. A mi ni me metas, dijo Jiménez.
Tomé la botella para salir de la barra y cuando pasaba al lado de Jimenez alcancé a escuchar: Cuando se esté llendo todo a la mierda, te vas a acordar de esas campanitas que acabas de escuchar.
Nota: lo narrativo comparte un punto de vista, en este caso el del cantinero. Ofrece formas de experimentar el entorno, los ruidos, los aromas, si hace frio o calor. Conocemos el sentir de los personajes, nos permite contemplar un antes y un después de la narración.
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Lo literario. Implica ir más allá de la narración. Su objetivo no es contar una historia, sino ofrecerle al lector distintas capas a través del texto; ya sea provocarle nuevas preguntas, confrontarlo, o llevarlo a lugares menos transitados. Estos caminos no sólo tienen que ver con temas sociales, sino que también pueden ser sobre la escritura misma, es decir, su propuesta puede ser estructural y lingüística. Se desarrollan textos más complejos con múltiples rutas de interpretación.
Nunca me he considerado una persona con suerte. Ni si quiera por haber nacido. En cuarto de primaria, mi compañero Teotzín, un gordito simpático con melena de príncipe valiente, ganó el concurso de declamatoria de la escuela con su poema «Qué suerte he tenido de nacer». Nunca entendí por qué había gandado, mucho menos de qué iba el poema, yo no considero suertudo a nadie sólo por nacer. Por eso no compro billetes de lotería ni participo en rifas, ni siquiera en las que organizan amigos o familiares que necesitan juntar dinero extra para relizar algún propósito que no me interesa. No, no soy una persona con suerte. Si hecho una moneda al aire para ver quién se lleva la rebanada extra de pizza, siempre cae en mi contra; incluso una vez cayó de canto: de pequeño, un amigo y yo aventamos la moneda al aire para ver quién se llevaba en su bicicleta a la vecina, una niña de rizos oscuros, la moneda rodó y se fue por la alcantarilla. Nos quedamos sin dinero y sin niña, que se fue saltando a casa de su abuela.
Aun no estoy seguro que haya sido suerte, pero allí estaba, se asomaba tímido detrás de la llanta desinflada del vocho de Don Julio, quien juraba entre una cerveza y otra que un día restauraría su VW a sus tiempos de gloria. Su ánimo por pimpearlo sólo lo llevó a tumbarle la pintura del cofre porque se le acabó la lija. Ahora se sienta al pie de la calle en una silla de plástico, con una camisa sin mangas y le cuenta a todo el que se deje los particulares del proyecto de traer de nuevo a la vida el vochito que le había regalado su padre cuando era joven. Esa tarde, la sombra todavía no cobijaba el lado de la banqueta donde Don Julio solía pregonar. Debería empezar por meterle aire a las llantas, pensé y cuando posé la mirada en las mismas llantas marchitas pude ver la orilla del billete. No alcancé a distinguir su denominación, pero sí que eran dólares. A veces regreso a ese día e imagino que se trataba de un billete de un dólar, y creo que por esa cantidad ni me hubiera molestado en poner las rodillas y las palmas sobre el pavimento caliente. Pero eran cien. Con ese dinero sin duda Don Julio habría alcanzado a comprar más lijas y hasta la pintura color roja, como imaginaba la nueva piel de su vocho.
Debo reconocer que primero pensé que era una broma. Revisé el billete con la minuciosidad de un joyero, aunque no supiera las formas de falsificación de los billetes americanos. Alrededor mío tampoco pude distinguir algún comediante de incógnito que esperara agazapado entre los autos para saltar y carcajearse por mi avaricia. Busqué cámaras ocultas entre cortinas de las ventanas vecinas. Nada. No me permití sonreir, continué mi camino con el ceño fruncido y una sonrisa atorada entre los dientes. Sentía que el bolsillo de mi pantalón ardía; pensé en todas las posibilidades que podía representar: cien ascuas encendidas; cien obsidianas afiladas; cien alfileres; cien, cien que no merecía.
Yo no tengo suerte, me dije, esto no es mío, no me corresponde. Entré en el primer bar que apareció frente a mí al doblar la esquina: un tugurio, un rade de merde naufragado en el tiempo dirigido por un capitán malencarado que acomodaba botellas en las repisas. ¿Qué te trae por aquí, muchacho? me dijo con una mirada hosca y una voz rasposa. Es mentira que los cantineros sean amables, o confiables incluso, yo a ese no le diría ni qué clima hacía afuera. Me acerqué a la barra mientras intentaba ignorar las miradas incisivas de los que ya estaban en las mesas. No hacía falta que dijeran nada, escuchaba perfectamente su descontento entre sorbos y tintineos de los vasos con hielos. Uno siente en las tripas cuando no es bienvenido. Me acomodé la gorra que parecía haber languidecido con el calor de la calle.
—Una ronda para todos —le dije al cantinero mientras extendía el billete de cien dólares en la barra—.
El señor no se inmutó. Miró de reojo el billete y se dio la vuelta para alcanzar tres botellas de diferente denominación. Las colocó frente a mí y enunció los precios mientras tocaba las tapas con el dedo meñique. Había un señor sentado el barra que miraba todo el espectáculo, y cuando seleccioné la más cara, él bufó. Definitivamente no era la reacción que yo esperaba, pero sospecho que mi selección dejó ver que no sabía nada de licor, de la cultura cantinera, de nada. Mi gesto entonces fue percibido como arrogante, soberbio. A mí no me pongas de esa mierda, le dijo al cantinero. El otro tomó el billete, lo guardó y me regresó un par de monedas de cambio. Depués me sirvió un trago y salió de la barra para repartir mi hazaña. Yo me quedé callado, con un vasito pequeño entre mis dedos, mientras los asistentes me devolvían miradas dudosas cuando les servían licor gratis en sus mesas.
Nota: lo literario ofrece algo más que la historia. Es una estructura en al que diversos discursos interactúan. Ofrece más de una manera de interpretar la historia, y el lector se lleva más preguntas, más nodos de discusión.
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He intenado aquí escribir una historia desde los tres niveles, y tan sólo con hacer consciente cada uno me ha llevado por rumbos diferentes, enfatizando cosas distintas de la historia.
Desde mi punto de vista no quiere decir que un nivel sea mejor que otro, de hecho, considero que en un proyecto literario de largo aliento como una novela, debe haber un equilibrio entre los tres.
¿Cuándo es pertinente usar cada uno?
Por ejemplo, en escenas de acción, podemos remitirnos al primero, al anecdótico que sólo describe sólo los hechos. Cuando hay que conocer más a los personajes, lo que sienten y piensan, nos podemos acercar al narrativo. Por último, disertaciones, dicernimientos, monólogos, podemos acercarnos al tercero.
Un buen equilibrio entre los tres niveles mantendrá tu obra fresca, dinámica, y no será monótona y cansada para el lector.

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