Arquitectos del linaje terrestre

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Esta es una historia desarrollada con StoryCubes. Esta imagen muestra lo que arrojaron los dados. Y esta es la historia que escribí.

El profesor de historia se quitó sus gafas, sacó un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón, limpió los pequeños cristales y se las volvió acomodar. Dio tres pasos y cerró la puerta del salón. Aclaró la garganta y comenzó a enunciar un discurso que parecía fuera de lugar; sentí que nos habían cambiado al profesor de siempre, aquel que nos hacía memorizarnos nombres y fechas de los sucesos nacionales. Pensqué que habían secuestrado a ese profesor que dedicaba la clase a leer el libro oficial de Historia Nacional, y lo sustitueron por alguien que había escapado de un manicomnio.

Los libros de historia sólo nos cuentan una versión de lo que pasó, porque a veces no estamos preparados para la verdad. Pero ustedes están a punto de salir de la preparatoria y ya pueden formar su propio criterio. Sólo debo decirles que no crean todo lo que les enseñan en la escuela.

En la pantalla del salón el Profesor Mancuso navegaba por diversos sitios extraños, seguimos el cursor y vimo como abría pestañas, hasta llegar a un sitio que estaba escrito con caracteres que yo nunca había visto antes. Introdujo un usuario, una contraseña y se abrió una lista enorme de archivos. Recorrió varias carpetas hasta que llegó a otra que tenia el ícono de un candado. Introdujo una clave de diez dígitos. En la pantalla se desplegaron una serie de fotografías, cerca de cien, o tal vez un poco más. El profesor recorrió la galería con determinación hasta que llegó a aquellas que buscaba. Abrió tres que se ampliaron al instante. Era una escritura iconográfica, parecida a los jeroglíficos pero con imágenes extrañas, pero en algo me resultaban familiares; quizás me recordaban a las formas egipcias y mayas que había visto en las imagenes que circulan por internet. El maestro amplió una de sección de una de las fotografías y pudimos reconocer figuras que parecían dinosaurios.

Comenzó a hablar en voz baja, había un temblor en sus palabras que develaban un miedo a ser escuchado, a que sus ideas llegaran a los salones vecinos; nada que ver con el discurso elocuente y alto al que nos tenía acostumbrados cuando dictaba cátedra. Nos dijo que los dinosaurios fueron en realidad experimentos genéticos de civilizaciones más avanzadas, aquellas que habitaban otra parte del universo. La tierra había sido su laboratorio, desde entonces hasta ahora. Todo estaba ahí en esos jeroglíficos híbridos que, según el Sr. Mancuso, habían encontrado en un sitio arqueológico sin igual, una especie de pirámide invertida que había sido construida bajo tierra, con la punta hacia el centro de la tierra. Su ubicación sólo la conocía la gente más poderosa de este mundo, porque el conocimiento albergaba era un tesoro invaluable. Construida por una raza de hombres-pulpo, celafópodos, o no recuerdo cuál fue el termino que utilizó. Habían perfeccionado el código genético de su propia especie, para habitar la tierra. El profesor hizo una pausa, buscaba algo que sirviera de ejemplo en su cabeza. Es el mismo concepto de las vacunas, inyectamos virus en caballos o ratas para que produzcan anticuerpos, los desarrollamos, los producimos en masa y esos anticuerpos se inyectan luego en humanos después puedan desarrollarse para introducirse en humanos; esto es lo mismo, pero con ADN.

Estaba metido en su historia, me asombraba tanto que un profesor al que yo consideraba aburrido, acartonado, estructural, revelara esta ideología de realidades alternativas. Todos los días observaba cómo religiosamente el maestro preparaba su té de menta. Sacaba su taza, un termo con aguacaliente, extraía del sobre de papel la bolsita con el té, y depositaba la porción exacta de sustituto de azúcar que sacaba de su saco. Rutinario, metódico y predecible. Y ahora estaba allí frente a todo el grupo, agitaba las manos y hablaba con tanta pasión de un tema extraño y nuevo que hasta se había quitado el saco y lo había dejado arrugado sobre el escritorio. Mi pensamiento se interrumpió con un golpeteo tenue en mi hombro. Giré la cabeza y un compañero me pasó un papel doblado en tres partes. Lo escondí. Miré alprofesor que seguía concentrado en su discurso secreto. Abrí el papel y contenía un dibujo caricaturizado de él con cara de pulpo. Así son los hombres, en cualquier oportunidad encuentran el momento para hacer una broma. Sonreí. Regresé mi atención a la charla del maestro que ya estaba compartiendo sus teorías sobre la ubicación de la pirámide, sumergida en un desierto de sal, en Bolivia, decía. Cambió de nuevo las fotografías para mostrarnos fotos satelitales del Salar de Uyumi, uno de los desiertos de sal más impresionantes y más peligrosos del mundo en el que se registran varias muertes al año. Se acercó a la pantalla y con su boligrafo señaló la forma de lo que parecía una pirámide debajo del desierto de sal.

Al profesor no le importó que la mayoría de mis compañeros se secretearan unos con otros, que soltaran risillas, o incluso que algunos hubieran perdido el interés y miraran sus celulares. El maestro de vez en cuando me miraba fijamente, supongo que se daba cuenta que yo era la única que le seguía cada una de sus palabras. Miró la hora, agradeció al grupo y apagó todos los aparatos. Algunos ya tenían sus cosas listas para escapar. Yo prefería esperar que todos salieran para evitar algún empujón. El otro día aventaron a una compañera y terminó en el suelo. Los moretones en las rodillas le duraron un par de semanas, pero la verguenza de caer de boca en el pasillo con la falda enrollada hasta la cintura, esa se quedó para siempre. ¿Profe, podemos salir? Se escuchó desde detrás del salón. El Sr. Mancuso asintió y mis compañeros se apresuraron a la puerta.

¿Me permite dos minutos, señorita? me preguntó el profesor desde su escritorio. Miré a mi alrededor pero era claro que me hablaba a mí. Mi amiga, Ángela, abrió los ojos grandes, hizo una mueca de fastidio. No respondí. Me quedé en mi lugar. Terminé de guardar mis útiles y me colgé la mochila al hombro.

Ángela salió y esperó detrás de la puerta. El profesor se acercó. Usted es muy especial, dijo. Es la única que prestaba atención. ¿Le interesa el tema, señorita? Pude ver sus ojos brillar cuando contaba la historia. Eso significa algo. Podríamos vernos fuera de clase, si gusta. No supe qué decir. Yo escuchaba por cortesía, nada más. Acomodé la mochila en el hombro para mostrar mi impaciencia, mis ganas por salir de ahí. Miré hacia la puerta del salón. Por la ventanilla podía ver que mi amiga aún esperaba afuera. Si el profesor se acercaba demasiado o intentaba algo raro, podía gritar y ella entraría al instante; estrategias que las chicas hemos aprendido por las malas. El profesor notó mi nerviosismo. No quiero quitarle más tiempo. Solo le sugiero que tenga los ojos bien abiertos. Las señales están en todas partes. Asentí y me dirigí a la puerta.

Al salir, mi amiga se burlaba del Sr. Mancuso, decía que ya estaba demasiado viejo y se había llenado la cabeza de información conspiranóica. Nos critican por estar pegadas a las redes sociales, pero esa generación se traga toda la información que les llega. Se preguntaba si sería conveniente reportarlo a la dirección. Sólo es un viejo que quiso compartir su «hobby», en poco tiempo se jubilará y todo quedará atrás, respondí. Ángela se ofreció a llevarme a casa en su auto, yo me negué, prefería caminar. Te acerco, respondió, como siempre lo hacía.

El trayecto era muy corto, alcanzaba sólo para gritar a todo pulmón nuestra canción favorita que se reproducía desde el estéreo del auto con volumen suficiente para que las personas nos voltearan a ver. Era uno de mis momentos favoritos del día, aunque sólo durara unos cuantos minutos. Desde que la conocí me he sentido menos sola. Por primera vez en mi vida pude experimentar tener una conexión con alguien. Nos hicimos amigas al entrar en la secundaria. Antes de eso yo cambiaba de escuela frecuentemente y hasta de ciudad: consecuencias inevitables de criarse en el sistema de adopción nacional.

A veces nos encontrábamos con todos los semáforos en verde, y el trayecto resultaba más corto de lo habitual; Ángela se estacionaba hasta que la canción acabara y nosotras termináramos con esa catarsis de 4 minutos con 36 segundos. Gracias, nos vemos mañana, le dije y bajé del auto, de ahí sólo tenía que caminar cuatro calles al interior de la colonia.

Emprendí mi camino con la tranquilidad de siempre. Al llegar a la primera calle alcancé a ver a un hombre de edad madura que se escondía detrás de un árbol. Me pareció extraño, sobre todo porque no hacía demasiado esfuerzo en esconderse, sólo me miaraba desde la distancia, resguardado en el tronco grueso del árbol que crecía en la banqueta. Aceleré el paso. Miraba por encima del hombro pero aquella persona se quedó detrás del árbol con sus ojos puesto en mí. Pensé que estaba imaginando cosas.

Minutos después, pude ver otro hombre, caminaba al mismo ritmo que yo, pero desde el otro lado de la calle, en la acera de enfrente. Tenía una aspecto pálido y una cara exatrañamente inexpresiva. Sin dejar de caminar descolgué la mochila del hombro y saqué el gas pimienta que mi madre adoptiva había insistido que llevara conmigo siempre. Me colgué la mochila y sostuve el gas en mi mano, apretándolo con fuerza.

Una calle más abajo, al pasar junto a un auto estacionado sentí un apretón en el tobillo. Me sobresalté, miré hacia atrás y una mujer de cabello rojizo se arrastraba debajo del auto, se empujaba con las manos para salir de allí. El otro hombre continuaba del otro lado de la acera. Algo no andaba bien y estaba a punto de ponerse peor. Aventé la mochila a unos arbustos y aceleré el paso. Una cuadra más y estaría en casa.

Seguí calle abajo, sólo tenía que doblar en la esquina y podría entrar en la tercera puerta a la derecha. Pero al girar, lo que vi me hizo detenerme en seco, me di cuenta que me sería imposible llegar a casa por esa ruta, aunque estaba tan cerca. Miré hacia atrás y el hombre que venía del otro lado de la acera ya cruzaba la calle, la mujer también apareció unos metros más atrás y allá, al fondo, venía el hombre que se había escondido detrás del árbol con paso más calmo. Frente a mí, tres hombrecillos pequeños, casi idénticos, de la estatura de un niño, me cerraban el paso. Sentí mi respiración agitada, pensé en correr, pero nunca he sido una gran atleta. Sospeché que no llegaría muy lejos, pues con esta caminata ya me sentía agotada. Quité la tapa del gas pimienta y la apunté a los hombres pequeños. ¡Déjenme pasar! exclamé con fuerza con una voz entrecortada que daba cuenta de mi nerviosismo, pero no se movieron. Por encima del hombro pude ver que los demás se habían colocado detrás de mí. Entre todos formaban un círculo a una distancia de unos cuantos pasos. Los gemelos sacaron un artefacto, similar a una pistola que brillaba en tonos violáceos. La mujer de cabello rojizo, el hombre pálido y el del árbol hicieron lo mismo. Accioné el gas pimienta en dirección a los triates, me llegó un olor punzante y luego vino una descarga eléctrica que sentí en todo mi cuerpo.

Abrí los ojos, no podía enfocar a mi al rededor, tenía la visión nublada, lo primero que reconocí fueron mis manos, mis dedos llevaban unos anillos con inscripciones que no entendí. Mi ropa también era distinta, en lugar de la blusa y la falda del uniforme de la prepa, llevaba un vestido de seda. Estaba sentada, no era un asiento cómo y acolchado, era más bien una superficie firme y fría. Intenté tallarme los ojos, pero mis manos temblaban. Tomé un respiro y alcé la vista. El lugar era sombrío, solo con unos puntos de ilumiación color violáceo en los costados. Frente a mí había gente de apariencia extraña, hombres y mujeres de una palidez transparente, o muy altos y huesudos, o pequeños de cabeza grande; varias filas de entes de distinta complexión una detrás de otra hasta perderse en el fondo. Me observaban con curiosidad, pero no hacían no emitían un sólo sonido. Percibí un ruido blanco, constante, que venía del fondo, donde la luz no alcanzaba a iluminar. Tomé fuerzas para incorporarme, quería salir de ahí. Apoyé mis pies descalzos en el suelo, sentí un escalofrío, estaba helado. Me levanté. Y todos los presentes, los pequeños, los grandes, desde a primera hasta la última fila, todos, se arrodillaron frente a mí.

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