
Esta es una historia desarrollada con StoryCubes. Esta imagen muestra lo que arrojaron los dados. Y esta es la historia que escribí.
Me quedaba un último sorbo del brevaje que Juana Juanita me había preparado treinta minutos antes. Eran las seis de la tarde y yo contemplaba el sol naranja que descendía detrás del cerro que se alcanzaba a ver en el desierto. Es muy importante que te lo tomes completito, me había dicho mientras machacaba los peyotes en un molcajete, si no te quedas a medio viaje. Yo la miraba exprimir con la mano dos naranjas en un vaso de unicel, cuando terminó se cruzó de brazos. Enunció el precio del brebaje en dólares. Doña, yo soy mexicano, le dije, sólo traigo pesos. Refunfuñó. Saqué la cartera y le pagué según el precio del dólar que yo recordaba, y un poco más. No respondió nada.
Pero Juana Juanita nunca me advirtió del asqueroso sabor del peyote. Y eso que sólo había que tragarlo, la masticada me la había ahorrado en el molcajete; con todo y el sabor dulce de la naranja me costaba pasarlo por la garganta sin que el estómago respondiera con arcadas instintivas. Lo terminé por completo y, como siempre he padecido de mala digestión, fue todo un reto mantenerlo en el estómago. Los gases que me provocó la pócima mágica me hacían eructar casi cada minuto, y toda vez que lo hacía me regresaba un leve recuerdo del horrible sabor en el paladar.
Inexperto en las artes de las drogas alucinógenas, no sabía qué esperar. Imaginaba un viaje lleno de psicodelia y de elefantes rosas, por eso, cuando vi pasar un cuervo volando cerca de mí, no le presté atención. El sol se había ocultado por completo, y aunque sabía que los cuervos son aves diurnas, en ese momento no lo hice consciente, así como tampoco me peracté de que a pesar que el desierto estaba en completa oscuridad, yo veía perfectamente bien. Decidí encender una fogata, no por frío, tampoco por necesidad de iluminación, sino porque sentí que eso era lo que tenía que hacer en una noche como aquella.
Los ruidos se intensificaron, puedo jurar que escuchaba las ramas de los árboles crujir; a la arena moverse con el viento. En ese momento tomé consciencia de que no sabía exacamente dónde estaba. Había caminado sin rumbo por un par de horas hasta que encontré un lugar en el que me sentía cómo para vivir la experiencia que estaba por venir.
Escuché un aleteo detrás de mí. Primero pensé que uno o varios pájaros habían elegido el mismo mezquite bajo el que decidí montar mi campamento para pasar la noche. Nada de esto lo asociaba a los efectos de la poción, al viaje que acababa de comenzar. Hasta dudé la primera vez que lo escuché hablar, estaba seguro que yo estaba solo, por eso era imposible que alguien más hablara en ese lugar. La segunda vez que escuché su voz admití que era un efecto el peyote; una voz fantasmal y etérea que me hablaba solo podía ser producto de mis alucinaciones. No te resistas, había dicho Juana Juanita, por eso me di la vuelta.
—¿Quién habla?— lancé la pregunta al aire.
—¿Qué haces aquí?— escuché que alguien respondía desde la parte alta del mezquite. No respondí, me acerqué poco a poco y lo ví postrado sobre una rama con su mirada inquisitiva. Su pico largo, su pelaje negro. Nunca he sido un gran fan de Poe, no conozco su obra, o la conozco de manera general como quien ha escuchado hablar del Quijote pero nunca lo ha leído. Aún así me sentí dentro de un cliché: «un cuervo me habla, qué original», pensé. Lo miraba con atención, él tambié movía su cabeza de un lado al otro, me observaba con un ojo, luego con el otro. Estiré el brazo para tocarlo con la mano y me lanzó un picotazo. Exclamé un grito repentino de dolor.
—¿Qué haces aquí?— volvió a decir —¿Qué quieres?
Me quedé callado. En realidad no sabía cómo responder esa pregunta. Hasta ese momento yo habría jurado que aquel viaje que había planeado por meses era para estar conmigo mismo, para reencontrarme, pero también debo admitir que me atraía más la idea de ir al desierto, que realmente hacerlo. Podría regresar triunfante y lo que eso podía decir de mí era mucho más imporante que la mera experiencia. Lo hacía por imagen, por moda, por hacerme el interesante. No sé si fue el peyote o el hecho de que era un cuervo mi interlocutor pero decidí asincerarme, decirle la verdad.
—No lo sé exactamente. Vine porque quería venir, nada más.
—Qué extraño eres. Días atrás vino una niña, de labios partidos y lengua seca. Quería agua. Le regalé un lago y se fue nadando. Luego de tiempo anduvo un viejo por aquí. Se arrastraba de allá para allá. Machete en mano y ganas sobradas de cortarse la cabeza. No quería creer en nada. Le regalé un templo y entró de rodillas. Pero nunca había conocido a nadie que quisiera no más que nada, que llegara y se quedara así, colgado, como estás tú.
Miré hacia abajo y noté que mis pies estaban en el aire, traté de caminar pero no pude porque mis pasos flotaban. Entré en pánico. Estiré los brazos tratando de alcanzar al mezquite, pero sólo rozaba con los dedos algunas hojas. Comencé a agitarme de desesperación. Ayúdame, le dije.
—No te puedo ayudar, porque no has venido, sigues allá, en tu cama, perdiendo el tiempo, debajo de los focos amarillos.
El cuervo me hizo pensar en mi departamento. En el sillón de la sala que me había tomado más de tres meses elegir y rara vez me sentaba en él; en la alfombra, que compré en una tienda de decoración para el hogar a mitad de precio; y por supuesto en los tres focos amarillos que estaban en la lámpara del techo y debajo de los cuales me acostaba cada noche a ver la televisión o mirar cualquier cosa en mi celular.
Respira, dijo el cuervo sin apartar sus ojos negros. Comencé a respirar mas lento y pude ver que mis pies decendían lentamente. Toqué el suelo. Alcé la cabeza para verlo otra vez, asegurarme de que seguía ahí. Si quieres que te ayude, dijo, recoje tus pasos.
—¿Cómo?
—Vete por donde veniste. Y ahí cuando te recuerdes de aquello que anhelas, regresas a este mismo punto.
—¿Y cómo podría regresar a este punto, si no sé ni dónde estoy?
—Es fácil. Sube a la punta de la pirámide.
El ave aleteó con fuerza y se alejó. En la punta de mi lengua permaneció la pregunta ¿cuál pirámide?, sólo por un segundo, por que debajo de mis pies pude obsevar que estaba en la cima de una gran pirámide de arena. Tuve que dar dos pasos atrás para no resbalar por una de las esquinas, pero fue inevitable, la arena comenzó a caer, primero como un rio pequeño que descendía desde la cúspide, después como cascadas hasta que la fuerza del movimiento terminó por arrastrarme. No podía salir del río de arena, me arrastraba con fuerza hasta que terminé sepultado. Sentí el sabor seco del desierto en mi boca, la arena entró por mis fosas nasales. Agité los brazos, la cabeza, el trozo. Un estornudo que estremeció todo mi cuerpo me liberó de toda la arena y rodé por el suelo. Sentí una luz brillante sobre mis ojos. Era el sol. ¿Había amanecido? ¿Cuánto tiempo había transcurrido? No lo sabía.
Recordé las palabras del cuervo. Sin duda quería regresar. No estaba seguro qué pediría, pero la experiencia de hablar con un ave era algo que me había llenado de gran satisfacción y quería vivirlo de nuevo. Saqué el celular de mi bolsillo para consultar el mapa y saber con exactitud en donde estaba, así podría volver a ese mismo punto exacto para poder hablar con él por segunda vez. Activé el GPS y consulté la aplicación de mapas, pero no funcionaba. Ya había escuchado que en algunos desiertos hay campos magnéticos que entorpecen el funcionamiento de los aparatos electrónicos, y el mío me marcaba como si estuviera a kilómetros de distancia, en mi departamento. Saqué algunas fotografías para, a mi regreso, reconocer el lugar, y emprendí la vuelta a casa.
Tuvieron que pasar varios meses para que yo pudiera volver. El trayecto fue el mismo, primero un camión a Real de Catorce, que tuvo que detenerse unos metros antes de entrar al tunel porque un auto había atropellado a un coyote. Estuvimos media hora, no por que les preocupara la salud del coyote moribundo, sino porque una de llantas del auto se había salido de su eje. Por fin llego la grúa y se llevaron el auto. El coyote quedó allí, agonizando. Nadie se atrevió a moverlo por miedo a recibir una mordida a cambio.
Juana Juanita me recibió con su sonrisa de comerciante, después me reconició. Esta vez le pagué en dólares. ¿No que era mexicano, m’hijo? No supe qué responder. Le dije que exprimiera una naranja extra en la poción. Hizo una mueca, pero atendió mi solicitud. Tomé la misma ruta que la vez anterior. El destartalado jeep que en media hora me dejó en Estación Catorce, y la caminata por el desierto hasta la tarde temprana. Revisé las fotografías que había tomado con mi celular para reconocer el sitio, pero todo el desierto parecía igual.
Bebí la pócima cuando sentí la boca seca. El peyote es el agua del desierto, había dicho Juana Juanita para advertirme que no me bebiera el licuado en el camino sino hasta que sintiera sed. Caminé sin rumbo en búsqueda del sitio de la vez pasada. Pasaron cuarenta minuos, quizás un poco más. Al fondo, había un bulto grande que parecía un cerro pequeño, pulsaba, respiraba por si mismo. Mientras más me acercaba mejor distinguía su forma, era la pirámide de la que me había hablado el cuervo. No recuerdo todo, o lo recuerdo con saltos en la línea de tiempo. Caminaba un instante y al siguiente ya estaba en la cima; en mi memoria no hay una imagen que me indique cómo llegué hasta arriba.
Viniste, escuché la voz del cuervo detrás mío. Di la vuelta y ahí estaba en el mezquite de siempre. ¿Qué es esa congoja que cargas en el hombro? Dijo. De pronto sentí los hombros muy pesados, el cuello. Le dije que ya sabía lo que quería de él, en qué podía ayudarme. Confesé que en los ultimos meses, quizás años, me costaba encontrarle algún sentido a mi vida, todo parecía plano, todos los lugares me daban lo mismo, las personas. El cuervo escuchaba con atención todas mis palabras, inclinó la cabeza. Caminó horizonal por la rama, se desplazaba con sus patas negras. No puedes más porque te asfixia tu propia existencia. Lo que necesitas, respondió, es un sitio dónde dejar de ser camino, ser raíz. El cuerpo voló a la punta de la rama para verme más de cerca. Ladeó la cabeza para mirarme con uno de su ojos negros.
—Debes escupir toda esa ceniza que llevas en el pecho. Cuando hablas, tus palabras se incineran. ¿Puedes verlo? No se encienden en llamas, solo son brazas y cenizas. Y se te quedan ahí, entre los dientes, y las tragas, y las llevas en el pecho. Has perdido el aliento. Estás atrapado en tu propia asfixia. Necestias aire, bocanadas de sol y luna.
—¿Puedes ayudarme?
—Camina hacia el norte hasta donde puedas. Asegúrate que ya no puedas andar más, que tus pies pierdan la esperanza, hazlos sangrar. Gira a la derecha en el momento en que te sientas abatido. Encontrarás ahí el lugar-tu, lugar-aire, y si te quedan fuerzas verás árboles tan altos como puedas alzar la vista. No te espantes si tus pies echan raices, respira, deja que tu cuerpo vuelva a ser destino, que vuelva a ser memoria.
Bajé de la pirámide que se deshizo en ríos de arena trás de mí, el cuervo pasó volando de izquierda a derecha y se convirtió en un puñado de luciérnagas. Seguí sus indicaciones. Caminé al norte toda la noche, un paso detrás de otro. Al principio apurado, después a paso tranquilo, al final casi no podía andar. Me quité los zapatos y pude observar sobre la punta de los dedos pequeños círculos color marrón. Mi pies sangraban. En ese momento giré a la derecha y pude ver un gran bosque verde entre montañas que se alzaba sobre mí, con rocas llenas de musgo y árboles tan altos que no alcanzaba a ver las copas. No podía andar más, quise dar un paso y mis rodillas flaquearon. Caí como un tronco que derriba el viento. Sentí la arena húmeda en mi rostro, el aroma fresco a mentol del suelo. No tenía fuerzas para moverme, decidí descansar así un rato, abatido, con el cuerpo inmóvil y el rotro sobre la tierra.
Me despertó un apretón en el tobillo derecho, luego en el izquierdo. Me apoyé sobre los codos para mirar y salían raíces de la tierra, rodeaban mis tobillos aprisionándolos contra el suelo. Sentí lo mismo en las muñecas, de pronto no podía mover las manos, los brazos. Siguió un apretón en la cintura y le vino un jalón en el cuello que aprisiónó mi cabeza. Me asusté, mi corazón galopaba, estresado, y mi respiración no era la misma. Traté de safarme pero no pude. Lo intenté una vez, pero las fuerzas que me quedaban eran tan pocas. Las raíces me jalaban con fuerza contra el suelo que comenzaba a hundirse. Ya no podía ver mi mano derecha, se había sumergido bajo la tierra. No, exclamé con muy pocas ganas. No, no, dije con más fuerza, pero en ese momento entró una raiz en mi boca y bajó por mi garganta. Respiraba con prisa.
Alcancé a ver al cuervo que pasó volando a lo lejos, y luego se acercaba. Se posó en la rama de un árbol que estaba a sólo unos pasos de mí. Desde ahí dio un salto y cuando iba aterrizar se convirtió en un hombre. Tenía el cabello largo, su piel tostada tenía arrugas muy marcadas. Sus ojos eran negros, iguales a los del ave. Llevaba un sobrero de plumas. Se puso en cuclillas junto a mi rostro.
—Te he dicho que no te resistas.
El cuevo-hombre acercó su mano a mi cabeza, tenía las uñas afiladas, tocó mi frente con su dedo pulgar y la tierra comenzó a tragarme más de prisa. Me fui sumergiendo en la arena hasta que sentí que me hundí por completo, que me envolvía una oscuridad inmensa y que ya no era necesario respirar.
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