Desde hace tiempo tenía ganas de convertir una canción en un cuento. Hay canciones que ya cuentan una historia, a veces fragmentadas, incompletas; otras veces más narrativas. Me gustó este experimento literario. En esta canción ya hay personajes, ya hay una historia y algunas cosas no dichas. Aún no sé si alguien pueda reconocer la canción. No es nueva, es una canción de mi adolescencia que me gustaba mucho, por el ritmo y por la historia. Al final del cuento la puedes escuchar.
Entraron con el argüende a tope, con un bailecito y tarareando una canción. Había otros tres o cuatro en las mesas de allá, eran de los mismos. Cuando se trata de negocio uno aprende rápido a reconocer los uniformes, los parches en las mangas; si vienen o si van, hasta de qué país son. No se me hizo raro que llegaran juntos, con dos o tres copas encima se borran los rangos, todos se abrazan, capitanes, tenientes; una vez hasta un general brindaba con toda la tripulación, uno por uno, hasta que tuvieron que sacarlo abrazado de dos porque ya no le daban las piernas. No se sentaron con sus compañeros, el capitán se sentó en la mesa de acá, junto a la rocola; el otro, el marinero, vino directo a la barra con la plata en la mano y pidió una botella de ron. Otra, dijo, porque la que traemos ya se nos va terminar, y de un sorbo se empinó lo que quedaba.
Ella ya estaba aquí. La güera es clienta de casa, como decimos nosotros. A veces viene a este, otras veces se mete al bar de enfrente o a el dos calles abajo. Todos la conocemos bien. Se aparece con un vestido más corto y un perfume más fino cuando llega un barco a la ciudad. Los que se han quedado la noche con ella dicen que desde su cuarto se puede ver el puerto. En cuanto se alcanza a ver el barco en el horizonte seguro se empieza a acicalar. Yo hago lo mismo, si me avisan que viene, retaco los enfriadores de cervezas y champañas, y me traigo dos o tres cajas de ron y whisky de la bodega para teneralas a la mano.
No, no está loca, sí se pone a bailar solilla y mete monedas en la rocola, pero es inofensiva. Le gusta pasear por el bar con su copa en la mano buscando algún caballero que la quiera invitar. Prefiere las baladas, o esas canciones con las que puede menearse lento, a ver si atrapa la mirada de algún ganoso. Así le invitan dos o tres copitas; y ella baila y la fiesta le sale gratis. A veces se queda toda la noche. También a mí me guiña el ojo, o me manda besitos, para que le rellene la copa con lo poco que dejan en las mesas. Soy casado, le digo, me vas a meter en un problema. Mejor le doy más alcohol antes que le lleguen más rumores a mi señora.
Cuando empezaron a bailar con ella sentí un apretón en la barriga; sentí que algo podía salir mal, en la sobriedad todos somos muy cordiales, pero se calienta la sangre con el ron y se nos saltan las diferencias. No, no hice nada, pensé que podían ser solo imaginaciones mías. Al principio todo iba muy cordial, se turnaban para cada canción, pero la botella de ron se vaciaba y la intensidad de sus movimientos se incrementaba, hablaban más fuerte, bailaban más pegaditos. Uno le olisqueaba el pelo a la güera, el otro le decía cositas al oído.
Todo cambió con una canción. No vi quién la puso. Sólo escuché que las monedas de la rocola cayeron y empezó a sonar. No sé qué canción era, una milonga, creo. Los dos se levantaron al mismo tiempo. Me toca, dijo uno; cámbiamela, respondió el otro. Acordaron que lo mejor era dejárselo a la suerte. Y la cosa funcionó por un tiempo. Aventaban la moneda y uno aplaudía con el resultado y el otro se sentaba, nomás a mirar. ¿Ella? Encantada claro, le habían comprado una botella de champán para ella sola. Se reía, se acariciaba el cabello, se ajustaba la falda.
Pero la suerte es muy puta. Le gusta ver a los hombres pelar los dientes, por eso favorece más a unos que a otros. Para la cuarta vez que la moneda en el aire cayó del lado del marinero, el capitán protestó. No sólo había tenido que soportar la pasividad de permanecer sentado durante tres canciones, también apretaba los puños cuando observaba las manos del marinero que se habían tornado más escurridizas y colaban por debajo del vestido de la güera. Cuando el capitán sintió que ya era suficiente se puso en pie y con un empujón mandó al suelo al marinero. El otro, ya con el desquicio del ron, se levantó y le sorrajó una botella en la cabeza. Mientras paladeaba el sabor de la sangre que escurría por su rostro y se le metía en la boca, el capitán sacó un cuchillo. Ahí tuve que intervenir. Para qué quiero aquí a los agentes haciendo preguntas durante una semana, seguramente me cerrarían el bar hasta que se aclararan las cosas.
Salí de la barra y me interpuse. Sus compañeros que estaban en la mesa de fondo también intervinieron. Se acabó la fiesta, señores, les dije, Güera, vete a tu casa. Los eché a la calle con empujones, a todos, y cerré el bar. Pero las cosas seguían calientes. Todavía se escuchaban los gritos detrás de la puerta. La güera reía. Les decía que no tenían que pelearse, que a ella no le importaba compartir. Pero aquellos ya no escuchaban de razones. Acordaron resolver las cosas en el muelle, para que no hubiera mirones.
Dicen que acordaron detenerse a la primera sangre. Con cuchillo en mano, el que pudiera cortar al otro primero ganaba la chica y ahí quedarían las cosas. Pero en cuanto tuvo oportunidad, el marinero clavó la navaja en las tripas del capitán. Los hombres los separaron. El capitán tocía sangre y se tambaleaba un poco con las manos en la barriga. El otro se calmó por fin y lo soltaron. Los hombres, inquietos, decían que había que llevarlo al hospital; pero el capitán seguía con os ojos puestos en el marinero, se le acercó con dos pasitos, hijo de puta, le dijo, y se le prensó del cuello con las últimas fuerzas que le quedaban, después cayeron al mar.
Primero los buscaron desde la orilla, andaban de allá para allá y les lanzaban gritos. Como no hubo respuesta, se aventaron dos y se sumergieron en la oscuridad del mar. Sí los encontraron. Gritaban que bajaran a ayudarles y se metieron otros dos, pero cuando pudieron sacarlos ya estaban lacios.

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