¿En qué se relacionan la banda Queen, el cine, y el triciclo de un vendedor ambulante? Todos tienen que ver con el día que me encerraron en la cárcel.
A veces, algunos adolescentes somos afortunados y llega el momento en que nuestros padres nos «prestan», por tiempo indefinido, un auto; y digo prestan, porque ni es un obsequio, ni tampoco es un auto que ellos usarían. Generalmente este tipo de coches están en la etapa final de su vida útil o cerca de ella. Así era «la cucaracha», sí, porque también el apodo de estos autos es importante. La cucaracha era un Pacer de la Rambler1, una compañía extinta con autos redondos que se veían como retro-futurista, es decir, en su tiempo deben hacer sido considerados futuristas. Le pusimos así por el color y por su forma redondeada que parecía tener forma de insecto. Por si queda duda aquí dejo una foto del mismo modelo que era la cucaracha.

Mi hermano mayor fue el primero en adquirir el préstamo. En sus años de preparatoria y con el pretexto de que en ocasiones tenía diferentes horarios al resto de los hermanos, tenía que ir y regresar por su cuenta, pero más bien era una celebración a su próxima independencia cuando se fuera a estudiar una carrera universitaria a otra ciudad. Una vez que emigró, el carro cayó en desuso hasta que yo adquirí la suficiente edad, según el adultómetro de mis padres. También me tocó en la preparatoria. Un adolescente con auto es un imán de amigos que quieren subirse para experimentar eso, sea lo que sea, que sienten los que se suben a un auto lleno de otros adolescentes que se ríen y se dan sapes unos a otros.
Es importante destacar las características de la cucaracha. No le servía el indicador de velocidad, ni tampoco el indicador del tanque de gasolina. En la cajuela tenía un bidón para emergencias, si se acababa el combustible había que ir a la gasolinera más cercana para llenarlo y luego regresar y depositarlo en el tanque para seguir andando. Esto sucedió muchas veces. Tampoco servía el velocímetro, pero esto no importaba tanto porque no es que al carro le quedara potencia para andar velozmente, incluso pisando el pedal hasta el fondo.
No tenía espejo retrovisor ni cinturones de seguridad. Andaba, y andaba bien. Para la música contaba con un receptor de radio, sólo eso. Y con la limitada oferta de estaciones de radio que había en mi ciudad natal, era muy poco probable escuchar buena música. Nos gustaba decir que si querías una canción había que desearla con todas tus fuerzas para que la radio la tocara. Es extraño pero a veces ocurría, y una de esas canciones solía ser Bohemian Rapsody de Queen.
Le agarramos cariño a esa canción porque en la película de Wayne’s World sale un Pacer, mismo modelo de la cucaracha, y los personajes la entonan en el interior. Nos gustaba llegar a la parte rock-climática, después de la opereta, igual como sucede en la película.
Una tarde queríamos ir al cine varios compañeros de la prepa. No estábamos completos y algunos de nosotros recogeríamos a los que faltaban a su casa. Estábamos un poco apretados de tiempo para llegar a la función, pero era posible. Nos rifamos quiénes, de los que teníamos auto, tendríamos que pasar por los ausentes. A mí me tocó ir por una compañera, la que vivía más lejos. Tendría que manejar hasta su casa, recogerla y regresar por el rumbo donde estaba el cine. Todo en un lapso de media hora. Algunos se subieron conmigo para completar la misión. Lo intentamos, pero ni llegué por ella, ni al cine. Ella me maldijo toda la noche por dejarla plantada.
Tomamos una de las pocas avenidas de cuatro carriles en las que se podría circular más rápido en la ciudad. Desesperado por que el tráfico iba un poco más lento de lo que necesitaba, rebasé a un auto por la derecha y aceleré (aunque ya establecimos que la cucaracha no aceleraba mucho). Ese movimiento impidió que una pareja de señores me vieran, cruzaban la calle empujando un triciclo de los que utilizan los vendedores ambulantes. Dos elementos se conjugaron, yo hice un movimiento indebido, rebasar por la derecha; y ellos cruzaron en un lugar por donde no estaba permitido. Pisé el pedal de freno hasta el fondo y giré el volante. Dimos una vuelta de 180°, pero eso no impidió que de un coletazo impactara a las personas que venían empujando el triciclo. Ahora pienso que fue afortunado que sucediera de esa manera, pues otra historia habría sido si las impacto de frente.
Afortunadamente, las personas sólo sufrieron algunos golpes y raspones con el empujón del costado del auto. Aún así llamaron a la ambulancia, y los subieron. Y cuando hay ambulancia, hay policía y prisión preventiva. Mientras esperábamos a que llegara la ambulancia y las patrullas, la gente se acercó para ver lo ocurrido y escuché a un par de personas decir, Uy está bien chavito, dado que tenía apenas 17 años, supongo. No, pero él no tuvo la culpa, ellos se atravesaron, escuché a otro contestar. Inmediatamente me acerqué con el señor y le pregunté si podría decir lo mismo al oficial cuando levantara el acta. Pero como todo buen mexicano, temeroso de lo que pueda hacer la autoridad, se negó y se alejó caminando aprisa.
El resultado fue inevitable, me escoltaron con una patrulla para encerrar el auto en un corralón. Mis amigos quedaron varados en el lugar del accidente. Y después me llevaron a una prisión provisional donde encerraban a quienes estaban en proceso. Le llamaban «el mercadito». Ahí los otros internos me preguntaron porqué me habían encerrado. Me eché a unos, les dije. Hubo exclamaciones de asombro. No, pero con el carro, añadí. Pida sus cobijas, dijo otro en una celda que no alcancé a ver, porque aquí las noches son frías. Tuve aún más suerte, ya que sólo pasé unas horas encerrado. Otros dos elementos se conjuntaron. El primero fue que un agente del ministerio público iba pasando en ese momento y vio el accidente, lo que ayudó en la declaración y a constatar que las personas habían cruzado por un lugar indebido. Pero sí ibas rápido, me diría después. El segundo es que uno de mis amigos, pasajero del auto, llamó a mis padres desde una cabina telefónica para contar lo sucedido. Esto permitió acelerar el trámite. Sumado a que, luego que revisaran a las personas y notaran que no había lesiones de gravedad, me pusieran en libertad.
La Cucaracha dejó de existir, como era de esperarse, a consecuencia de la conducción irresponsable de un adolescente. La vendieron y el privilegio de tener auto propio, o prestado, en la preparatoria, fue revocado. Pero siempre Bohemian Rapsody será un recuerdo de esos días, en los que parecía no importar nada, mas que estar con aquellos con quienes la convivencia se volvía cotidiana.
Otros episodios: Antes que se nos olvide >>
NOTAS.
- Rambler, por cierto, también es el título de una novela que se me antoja leer sobre una victima del terremoto del año ’85 en Ciudad de México. El protagonista, al perderlo todo, se va a vivir a su auto, un Rambler ↩︎

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