Yo estuve ahí. Fue ese concierto en el que el público derribó la malla ciclónica que separaba las gradas del campo de futbol. Sí. Yo también me brinqué a la cancha para acercarme al escenario.
Es impreciso decir exactamente cuándo conocí a Caifanes, pero puedo identificar dos momentos que fueron clave por la etapa de mi vida en la que me encontraba. La música tiene esa capacidad de impregnarse en los recuerdos, secuestrarlos, para siempre, tal vez.
El primero debe haber sido cerca del ’93, al final de la secundaria. Caifanes iba a dar un concierto en el estadio de la ciudad. Supongo que los había escuchado antes porque me emocionaba verlos. El boleto había sido impresionantemente barato, algo así como cinco dólares o menos. Pasaron por mí con demasiada antelación porque la idea era repasar las canciones en el auto y beber cerveza como parte de los preparativos.
La organización de aquel evento estuvo un poco extraña porque montaron el escenario en medio de la cancha de futbol, y a todo el público lo acomodaron en las gradas. Había mucha gente y mucha emoción. Debe haber sido por la tercera o cuarta canción, justo después de que tocaran «Los dioses ocultos» lo recuerdo bien porque exactamente en esa canción recibí un latazo de cerveza en la cabeza. Una lata, aplastada, golpeó mi cráneo. Afortunadamente no me abrió la cabeza, no hubo sangre, solo dolor momentáneo que pude palear gracias a la emoción del momento. Una o dos canciones después, los que estaban en las filas de abajo, seguramente más de mil personas, empezaron a molestar la malla ciclónica. Jalaban y empujaban, coordinados. Ni en un desfile del 20 de noviembre hay tantas personas vitoreando al unísono y sincronizando sus movimientos. La malla se vino abajo y el público empezó a saltar al pasto.
La imagen de Saúl Hernandez cantando y dando pasos cautelosos hacia atrás al ver a la muchedumbre eufórica correr en su dirección es imposible de olvidar. Cuando se percató que sólo querían estar más cerca y empezaron a brincotear a 10 metros de donde estaba regresó al frente del escenario. Seguramente dijo algo relacionado con el acto de bandalismo que emocionó a todos. Él mismo dice recordar el suceso en una entrevista que dió en 2014. Incluso, declara que en un ácto mesiánico invitó a todos a acercarse, a través de la canción «Debajo de tu piel» en la que canta «ven acércate», lo que ocasionó que el público derribara la malla.
Nosotros esperamos un poco que se calmaran las cosas para brincarnos. No sabíamos si iba a haber represalias, si llegaría la policía, si cancelarían el concierto y la gente se pondría aún más loca. Pasadas un par de canciones sin consecuencia, decidimos brincarnos también y acercarnos. Había cantos, baile, slam, y una experiencia inolvidable.
Los años pasaron y hubo muchas canciones más in between, incluidas «Viento» y «No dejes que», repertorio obligado de mi banda de rock en la prepa en los toquines a los que nos invitaban. Nuestro cantante, por cierto, nunca llegaba al tono, ¿quién puede?, pero ayudaba a que era carita y las chavas iban a verlo, a vernos, pensábamos.
Ya en la universidad, Caifanes fue la compañía de muchas desveladas. Nunca lo tuvimos en original, sólo una colección de discos «quemados», como se les decía, que un amigo y experto computacional nos había compartido. La voz melancólica de Saúl la asocio con la madrugada, los cigarros, la luz blanca y el departamento de paredes amarillas.
Las guitarras estaban siempre presentes por aquellso días. Su cercanía cotidiana nos llevaba a improvisar en numerosas direcciones. Por eso no faltó la satirización de las letras de cafianes y entonábamos las primeras líneas de «Antes de que nos olviden», con otra letra. Nos resultaba gracioso cantar antes que se nos olvide, porque sí queríamos beber cerveza en la noche teníamos que recordar que podríamos hacerlo hasta las 22:00 hrs. Después de las 10:00 de la noche, los establecimientos no tenían permitido vender bebidas alcohólicas, aunque siempre, claro, existe la posibilidad de conseguirla si sabes buscar, pero a un precio más caro. Antes que se nos olvide, compraremos cerveza, porque si no el pinche señor nos lo vende más caro… y venía el coro como un grito de dolor.
Ahora pienso que mucho de lo que viví sí se me está olvidando y tengo una madeja de recuerdos enmarañados con la música, por eso decidí empezar esta sección en el blog, para contar las historias de esos días en los que la música era tan importante como todo lo demás. Esas historias que son propias, pero vivimos todos y que seguro detonarán nuevos recuerdos por recuperar, antes que se nos olvide.
La verdad es que ya no recuerdo tanto, pero creo que recuerdo lo suficiente. El calor de Monterrey, por ejemplo, es un elemento que me agotaba constantemente. Como estudiante, tenía que compartir un departamento, cooperar para los víveres y pagar mi transporte y alimentos. No es queja, sólo el conexto para decir que no teníamos aire acondicionado, la única arma para mitigar el calor era un ventilador de pedestal que aventaba aire caliente en su vaivén de una cama a otra. Aún así, el calor es un recuerdo vago, se evaporó con el tiempo, lo sufrí tanto en su momento pero a la distancia no parece tan grave. La distancia suele tener ese efecto.
Aquí puedes ver todos los episodios que he escrito para Antes que se nos olvide

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