El sol se agazapaba tras el cerro cuando la señora Inmaculada me acomandó bajar la bañera de su recámara a uno de los cuartos para visitas. Señora, le dije, no quisiera importunar, pero si se entera el patrón…
Llevábamos varias noches sin aspaviento desde que don Isidro se fue. Yo me puse con lo mío en esos días. Los agaves ya estaban maduritos y listos para jimarlos y darle al mezcal. Sacamos docientas piñas y las fuimos guardando en el granero, nos alcanzaba para cargar el horno dos veces. Esa noche regresó la gente que mandé al monte, con las carretas atiborradas de leña. Dejamos todo listo para arrancar el horno al dia siguiente, tempranito.
La señora Inmaculada había mandado calentar agua para darse un baño. Me dijo, con esos ojos bonitos que tiene, que las tinajas se iban enfriar si las subían hasta su recámara. A mí no me parecía para tanto. Las muchachas tenían que atravesar el patio, subir las escaleras y llevarlas por todo el pasillo superior hasta al final, donde estaba su recámara, pero son buenas muchachas, se mueven rápido. Eso sí, tenían que dar varias vueltas para acabalar de llenar la bañera. Pensé que sí era mejor abajo, yo necesitaba guardar a la señora temprano y ya nos estaba arañando la noche.
Ándele pues, le dije agachando la cabeza, le voy a mandar a los muchachos para bajar la bañera, y me di la vuelta para seguir con lo mío.
—Quiero pedirle otra cosita, Filidencio —me dijo. Me regresé para verla de frente. —Pienso quedarme en esa recámara esta noche.
—Ay, doña Inma, eso si va ser un apuro. El patrón me encargó que usted no saliera de su recámara nada más se metiera el sol. Y mire, el sol ya se nos fue. ¿Cómo la voy a dejar en otro lado? ¿Quiere que me fusilen?
—Me puede dar un aire, Filidencio, usted sabe que este clima me hace mal, yo no crecí aquí. Me voy a meter en el agua caliente, y usted quiere que me salga, que atraviese todo el patio, suba y camine por ese pasillo tan frío en medio de la noche. ¿Eso es lo que quiere? A Isidro tampoco le va gustar si a su regreso me encuentra desmejorada. Es mejor si me quedo aquí abajo, después del baño me meto en la cama.
Tenía razón. Sentí la llave que traía en la mano, luego el cuarto que quedaba cerca de la cocina.
—Doña Inma, tenga piedad. Mire. No tengo llave de ese cuarto, nomás del suyo. —Desapreté la mano y le mostré la llave.
—No tenga pendiente, Filidencio. Le estoy diciendo que no voy salirme.
—Al contrario, señora. Es para que nadie se meta. Prométame que, en cuanto se salgan las muchachas, usted va atrancar la puerta con algo.
La señora conformó y se metió en el cuarto. Yo me quedé sentado en la fuente del patio hasta ver que las muchachas terminaran de llevarle agua y se fueran para sus trojes. Escuché que la doña arrastró un mueble cerca de la puerta.
Ya era tarde. Le grité a la gente para que encendieran todas las lumbreras de la hacienda, igual que las noches anteriores. Los arcos, los pasillos, los patios. Todo bien alumbrado. También la torre de la capilla y la entrada a los establos y al granero. Chuyito había pedido dos fogones a cien pasos de la entrada principal, y se encaramó en el campanario. Cien pasos dijo, como si supiera contar. Si algo venía, quería verlo desde lejos.
Me despertaron las campanadas en la mitad de la noche. Me levanté con el susto en el pecho. ¿Qué pasa? dijo la Jacinta. Duérmase, le respondí. Me puse las chanclas y el jorongo lo más rápido que pude y salí. Me apresuré hasta la torre y Chuyito señaló a la parte sur de la hacienda. ¿Qué? ¿Qué? le grité. ¡El horno! Filidencio!, ¡prendieron el horno! Corrí para el sur. No hizo falta que llegara hasta allá para divisarlo. Toda la leña, toda, la prendieron de un jalón. Las llamas se alcanzaban a ver por arriba del los muros. Llegué hasta la puerta y salí a ver. El horno ardía con ganas, tuve que cubrirme la cara con el brazo, el calorón no me dejó acercarme. Parecía un boquete directo al infierno.

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