La Providencia [Terror.E5]

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Don Isidro entró en el granero y les dio la bienvenida. Los dos hombres se le acercaron pero antes de que pudieran decir qué los había traído hasta acá, el patrón les pidió que demostraran que venían de Santa Cruz. Se arremangaron la camisa del brazo izquierdo y le mostraron las letras S y C entrelazadas que llevaban en tinta roja. A nosotros don Isidro no nos marcaba con nada. Nos decía podíamos irnos cuando quisiéramos, que a ver dónde encontrábamos otro lugar donde nos trataran tan bien como acá. Pero había patrones en otras haciendas que no pensaban igual y marcaban a los muchachos, para que nadie les diera ni techo ni trabajo si se iban.

—¿Cómo está mi primo? —preguntó don Isidro. Los señores me miraron con sospecha, mientras se acomodaban la ropa, pero el patrón les dijo que podían hablar —Filidencio tiene toda mi confianza —dijo. Por las dudas yo me alejé un poquito, nada más.

—Nos atacaron, patrón —habló el chaparro—, nos agarraron desprevenidos.

—A nosotros también nos atacaron, apenas ayer. Pero ya estamos sobre sus pasos, vamos a agarrar a los culpables, de eso pueden estar seguros.

—¿Cuántos eran? ¿Venían a caballo? No vimos huellas ni marcas de balazos en los muros.

—¿Balazos? —dijo don Isidro. Los señores se voltearon a ver.

—Patrón, su primo está herido —seguía el chaparro—, un grupo de veinte hombres tomó la Hacienda de Santa Cruz. Venimos a pedir su ayuda.

—¿Pero cómo es que diez hombres pudieron entrar en la hacienda? Ustedes son más, muchos más.

—Fue uno de los nuestros —dijo el flaco—, nos traicionó. Le abrió a Villa desde dentro. Se rumoreaba que andaba en algo raro pero no sabíamos que dejaría la hacienda para sumarse a esa lucha. Cada vez son más los que se convencen.

—Nos cayeron de noche —continuó el otro—. Ni los vimos venir. El muchacho les abrió las puertas y cuando nos dimos cuenta ya estaban adentro, ya no pudimos hacer nada, agarramos lo que pudimos y salimos corriendo.

—¿Villa? Ese no es mas que un borracho con un ejército de malagradecidos. Pancho Villa tiene los días contados, de mí se acuerdan. ¿Dónde está mi primo?

—Don Gaspar y los otros se esconden cerca de la cañada. Nos mandó por ayuda.

—¿Por qué no se vino para acá? Aquí cabemos todos. Dígale a mi primo que cuente conmigo, aquí les hacemos un lugar en La Providencia.

—Patrón —dijo el flaco rascándose el bigote. —Queremos recuperar la hacienda. Villa se fue. Dejó tres o cuatro para vigilarla. Nomás eso. Podemos entrar y matarlos, pero necesitamos su ayuda. Si nos presta cinco o diez de los suyos se las arrebatamos, seguro.

Don Isidro se llevó las manos a la cintura. Yo podía ver cómo hacía cuentas en su cabeza. Me miró fijamente y yo me acerqué para escuchar sus instrucciones, pero no dijo nada. Movió la cabeza de un lado a otro. Murmuró algo que no le alcancé. Le pregunté que había dicho pero me ignoró.

—Descansen señores. Salimos mañana temprano.

Don Isidro me hizo una seña para que lo siguiera. Cambió los planes. Estaba dispuesto a ayudar a don Gaspar, su primo, y de paso, pergarle un tiro al ladrón de Villa. Yo me quedaría a cargo de La Providencia hasta que regresaran. Se detuvo en seco a medio camino, se dio la vuelta y me miró a los ojos. No quiero más eventos, Filidencio. Que los chicos abran bien los ojos. Se dio la vuelta y se dirigió a la cocina, donde la señora preparaba los alimentos del día.

Siempre que salía de viaje se llevaba alimento para dos o tres días, lo que pudiera aguantar el caballo. Lo demás ya lo conseguían en el camino. Un puerco salvaje a la leña. Liebres. De todo se come uno cuando va andando. El hambre agarra parejo. Don Isidro movía los brazos para todos lados, la señora se llevó las manos al rostro. El patrón salió caminando presuroso hacia donde yo estaba. Lo esperé, seguro quería decirme algo. Desde allá levantó el brazo y señaló en dirección a la oficina, donde estaba su escritorio y todos los libros. Lo esperé en el pasillo. Entramos, se agachó debajo del escritorio y de un cajón sacó una llave. Me dijo que revisara todos los lugares por donde se puede entrar y salir de la hacienda sin que nadie se de cuenta. Estaba molesto, dijo que no podíamos dejar que se burlaran de nosotros. Había que dar con los culpables porque nadie, Filidencio, escuchame bien, nadie se burla de Isidro José Alonso de la Bárcena y Alcalá. Se quedo quieto un momento. Se calmó. Habló de que mañana saldrían temprano y repasamos todos los pendientes. Con el puño cerrado se me acercó y habló mas bajo. Abrió la palma de su mano y me enseñó una llave. Esta ya te la sabes. La señora se queda en su cuarto en cuando se meta el sol.

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