La Providencia [TERROR.E4]

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Ya por la noche, el patrón nos mandó a dormir temprano, terminandito de cenar. Nos dijo que nos quería bien descansados porque había que empezar temprano para seguir buscando. Luego fue con los tres más jovencitos y les dio un rifle a cada uno. Ustedes se quedan de guardia, les dijo, si alquien se mete lo quiero muerto. Pobrecillos, nomás pelaron los ojos. Yo les ayudé a encender unas hogueras en los patios centrales para que pudieran mirar mejor. El patrón los quería dando rondines, por eso les preparé unas antorchas con aceite para que espantaran la noche. De todas maneras se pasearon temblorosos y encorvados por toda la hacienda, con la antorcha en una mano y el rifle en la otra. Brincaban con cualquier ruidito. Era mejor no salir ni a orinar porque seguro esos chamacos le pegaban un tiro a todo lo que se moviera.

Todos pasamos por eso. El patrón decía que los mas jóvenes son más aguzados, que tienen mejores reflejos. Al menos eso me dijo cuando me pidió ir de guardia en una carroza que mandó para la frontera. Me dio un rifle bien pesado. No dejes que nadie se acerque, Filidencio. A mitad del camino me enteré que traíamos dos cajones cargados de plata y por eso me había encomendado vigilar a todas horas. Esa misma noche, cuando la luna estaba en lo más alto que dejaba ver bien los mezquites, me despertó un caballo que respingó cuando Celestino le apretó el mecate, le había cargado al lomo uno de los cajones. Tardé unos segundos en reaccionar, y me puse de rodillas para alcanzar mi rifle. ¿A dónde va, Celestino? grité, pero el otro nomás me miró aprisa y se subió al caballo. El condenado me quería dejar ahí tirado y se escapaba azuzando al animal para alcanzar el galope. Mi dedo se movió antes de que pudiera pensarlo. El patrón tenía razón, los escuincles reaccionan más rápido, y yo era apenas un chamaco.

Alcancé a darle en medio de la espalda. Yo ví cómo se retorció del hombro izquierdo. Cargué el rifle y disparé otra vez. Celestino cayó al suelo y el caballo se apresuró del susto. Iba tan rápido que ví cómo las monedas brincaban, tintineaban con la luz de la luna, hasta que se soltó el mecate y todo se regó por el monte. Otra vez cargué el rifle y me acerqué hasta donde Celestino jadeaba. Ayúdame, Filidencio. Me dijo. Todo el pecho negro de sangre se inflaba con cada suspiro. Me seguí de largo para ir por el caballo y recoger todo el reguerío de plata. Cuando por fin regresé, Celestino ya tenía los ojos tiesos.

La mañana llegó temprano, el patrón se encargó de eso. Todavía no se habían apagado las antorchas y ya nos había formado a todos para darnos las instrucciones. Juanita nos dio a cada uno una taza con chocolate caliente. Ya con los labios endulzados por el piloncillo, nos comandó. Buscaríamos más lejos. Había que caminar media hora fuera de la hacienda con diferente rumbo y quería que anduviéramos de a dos, por precaución, nos dijo. Y que no les tiemble la mano. Si ven algo, disparen. Empinábamos las tazas para tomar las últimas gotas de chocolate cuando sonaron tres campanadas. Todos volteamos a ver la torre del campanario. Se asomó Chuyito.

—Patrón! Patrón! Vienen dos bajando el cerro —gritó Chuyito.

Nosotros ya estábamos armados, el patrón nos pidió quedarnos junto a la entrada de la hacienda. Los hombres llegaron, se quitaron el sombrero y saludaron. Dijeron que venían de Santa Cruz, y que traían un mensaje importante, pero sólo para oídos de don Isidro.

—Filidencio, llévese los caballos al establo —dijo el patrón. —y que los señores, esperen en el granero. Que les lleven chocolate caliente. Filidencio —me dijo más quedo—, no les quites la vista de encima.

Los dos hombres me siguieron casi en silencio, sólo escuchaba, detrás de mí, sus botas arrastrarse y el tambor de los cascos de los caballos golpear la tierra. Llegamos al establo y ahí guardé los caballos que resoplaban, se venían cansados. Nos movimos al granero y pregunté qué los traía por acá, pero se no respondieron. También quise saber qué tan lejos quedaba la Hacienda de Santa Cruz, tres, o cuatro días, dijo uno, el más chaparrito, levantando los dedos de su mano izquierda, el otro asintió. Andaban como alborotados, caminaban de un lado a otro, se asomaban por la puerta para ver si venía alguien, don Isidro, tal vez. Juanita les trajo el chocolate y agradecieron tocándose el sombrero. El otro, el flaco y bigotón, traia una de las botas manchadas de sangre. Así como una salpicazón. Le busqué en la ropa más salpicaduras, pero estaba limpio. El rostro también. La oreja, la oreja parecía que traia un arañazo, sangre sucia, le faltaba un pedazo, creo. No lo sé porque se dio cuenta que le observaba. Me miró fijo y escupió. Tomó su taza con chocolate y le metió un dedo. Meneó el chocolate. Sacó el dedo y así, escurriendo, se lo llevó a la boca para chuparlo. Se limpió los dedos en la camisa. Se puso la taza sobre sus labios y aspiró una o dos veces. Abrió la boca y se empinó el chocolate de un sorbo. Tosió, como quien quiere deshacerse de algo que le aprieta la garganta. Salió del granero y prendió un cigarro. Se recargó sobre la pared a esperar a don Isidro.

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