El cruel murmullo de los alacranes

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Una mirada a Plata sobre gelatina de León Rico

por Moisés Ortega

I. Un inicio memorable

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” O “Ese año pasaron muchas cosas en este país. Entre otras, Andrés y yo nos casamos. Lo conocí en un café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar”. Estos dos fragmentos, son el inicio de dos de mis novelas favoritas. Cien años de Soledad y Arráncame la vida.

Para Judith Vives de la Revista “Planeta de Libros” (Mayo, 2024), La primera frase de un libro suele ser, a menudo, el factor definitivo para que un lector decida seguir leyendo. Dice: “Imagina la situación: estás paseando por su librería favorita, ojeando todas las novedades que no tenías contempladas. Miras las portadas, ojeas la contraportada para ver de qué va la cosa, abres el libro por la primera página…. ¡y bingo! Esa primera frase te acaba de hacer decidir: vas a leer esa novela. ¿Te ha pasado?”

Es que, es casi como un amor a primera vista, un flechazo que te hace caer rendido a los pies de un libro en concreto. Un buen comienzo no defrauda, suele ser la señal de que ese se va convertir en uno de tus libros favoritos.
Bueno, pues esto ocurre, o por lo menos me ocurrió a mí, con el memorable inicio de Plata sobre gelatina, la primera novela escrita por mi querido amigo León Rico y que repito ahora:

“Para los que estamos muertos, el tiempo es como las bocanadas de humo que da el sereno cuando pasa.”

II. La novela, la memoria y la familia

Contemplando entonces que, la novela hoy por hoy “(…) es un subgénero de la narrativa literaria, cuya calidad radica en el acierto de las palabras elegidas por el autor para crear un mundo, una situación o un personaje que impresione nuestros sentimientos, nos cree vívidas emociones y nos haga comprendernos más humanos” (Mercenario, 2004). Diré que Plata sobre gelatina, es en toda regla una novela. Escrita por León Rico, editada bajo el cuidado de Ediciones Pie Rojo y cuyos primeros 50 ejemplares, vieron la luz en diciembre del año 2023.

Esta es la historia de Rosarito y Don Ignacio León. Pero no, es la memoria de León Rico que permite la reconstrucción de la historia de la familia León a través de cuatro generaciones de personajes peculiares y ya de por sí, todos y cada uno, destinados a ser personajes de un libro. Un libro que a este que ha leído y que es aficionado a la lectura de novelas escritas en español del “Boom” y el “Postboom” literario en América Latina, me parece que esta es una novela que bien podría quedar inscrita en los cánones de dicha estética.
Desde la construcción narratológica de la atmósfera nostálgica que nos transporta a más de cien años atrás hasta la mítica Hacienda de Santa Rosa de Lima, desde que don Ignacio es un fantasma atrapado en una foto, “traído a la vida” por el afán de Rosarito de transportarlo en su bolsa de tejido a todos los eventos familiares de la casona del Calvario, pasando por la presentación detallada y cariñosa de cada uno de los personajes, nos encontraremos con un libro que está narrado como una profunda reflexión sobre el amor familiar y sus misterios, el arraigo a la historia propia y a la de la tierra que los vio nacer.

A lo largo de las 115 páginas de Plata sobre gelatina, conoceremos a las tres mamás: Cuquita, Mamá Cuca y Mamá Juanita quienes a través de su devoción a la cocina y las labores del hogar, van construyendo un legado y una herencia, como ocurre en tantas historias ya contadas como la de Laura Esquivel en Como agua para chocolate. Iremos descubriendo el carácter fuerte de María, quien se vestía como varón porque le gustaba ganarles a los muchachos del Calvario en los partidos de beisbol y recorrer el pueblo en bicicleta. Entre cortinas de encaje y bordados podemos adivinar la vocación de hija mayor de Pina, quien acataba las reglas de las tres mamás y se dedicaba a convertirse decorosamente en señorita como la inolvidable Remedios la Bella de Cien años de Soledad. Y reiremos de la mano de las ocurrencias de Rosarito y Teresita quienes “como uña y mugre” fueron creciendo para mostrarnos el mundo de los bailes y fiestas sociales que la sociedad duranguense del siglo pasado, todavía organizaba para que las señoritas bien se conocieran con los niños bien y así formar matrimonios bien avenidos.

Aparecerán los hombres, no como personajes lejanos y ajenos, sino como parte del mismo núcleo familiar: Máximo con su predilección a la competencia y las travesuras; Manu con su extraño Don de escuchar a los alacranes y el Tío José y su complicidad con los sobrinos y sobrinas, su soltería de eterno enamorado y sus raspados de naranja con ron.
Así, amalgamados por la voz profunda y melosa de Don Ignacio, quien además es un especialista en soltar aforismos y frases inolvidables sobre lo que significa estar muerto, aparecerán también, de repente como fantasmas, personajes incidentales pero necesarios para que Rico nos refleje las tristezas del ser humano: Remedios, su temprana viudez y precoz demencia, Don Fulgencio con su aparente amargura y sus dolores de viejo entrometido. Y por supuesto, el estudiante, aquel que nadie advierte dentro de sus propias historias, pero tan necesario para la resolución de la novela.

III. Sobre dones y técnicas

Podría haber hablado sobre la técnica de hacer fotos con plata sobre gelatina, utilizada por los estudios fotográficos de renombre del siglo XIX, como la casa Gaitán, que tomó la foto de Don Ignacio, pero eso y lo hizo muy bien mi querido Javier Treviño en el prólogo que antecede a la novela, titulado asertivamente: “Se siente en la sangre”.

Hablaré en cambio de la técnica y el don de León Rico, quien a mi ver, con la publicación de esta novela, se inscribe en el catálogo de los grandes novelistas latinoamericanos.

La crítica literaria la comparó a Isabel Allende con Gabriel García Márquez y casi “la acusó” de utilizar el realismo mágico. En una entrevista reciente, a razón de los 40 años de La casa de los espíritus, Isabel Allende comentó que ese parecido se debía a que ambos autores habían nacido en casas grandes, habían sido criados por sus abuelos y abuelas, y como no había televisión, luego de la cena, venía la hora de la tertulia. En esa hora, se contaban las historias de la familia y del pueblo. Con esas historias de familia, con esa escucha peculiar que tiene un niño hacia los relatos, tanto Isabel Allende como García Márquez y tantos otros escritores latinoamericanos, incluyendo ahora a León Rico, crearon su literatura.

Cito: Dicen que los alacranes hacen un ruido que solo algunos pueden escuchar. Los que han tenido esa fortuna, no pueden describirlo. “Es parecido al que hacen los grillos”, dicen, “pero no es igual”. Tampoco es una fortuna. Si puedes escuchar algo que sabes que te puede matar…

Sucede así con el poder de la escritura o el poder de hacer literatura. Pienso yo que es como escuchar el cruel murmullo de los alacranes. Un don que definitivamente ha heredado León Rico y que nos regala en esta su primera novela, misma que dejo aquí para juicio del lector.

Moisés Ortega
Desde el valle de Margaritas, Jesús María, Aguascalientes
04 de agosto de 2024

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