[ La fuente que concedía lo contrario ]
Todavía se pueden ver los adoquines nuevos en el centro de la plaza frente a la iglesia de San Genestacio. Se colocaron cuando quitaron la fuente, concurrida, sobre todo, al terminar la misa de las siete de la mañana. Los feligreses salían del templo y se reunían alrededor pues, como todas las fuentes del mundo, a ésta se le atribuía el poder de cumplir deseos a cambio de una moneda sin que importara demasiado la denominación. Al padrecito no le convenía que la gente creyera más en la fuente que en los santos que estaban relucientes en el interior del templo. Todos los jueves, él mismo se levantaba temprano para limpiarlos y sacarles brillo. Pensaba que, si estaban sucios, la personas no confiarían en ellos. Pero la fuente recibía más monedas que todo su séquito de milagrosos inmóviles.
Una tarde de miércoles, el padre pensó que las cosas estaban llegando demasiado lejos. Regresaba de su caminata vespertina por las callejuelas del pueblo cuando vio a doña Eduvijes colocar un ramo de flores al pie de la fuente. El padrecito apresuró el paso y preguntó desde la distancia qué hacía la señora, pero ella no lo escuchó, o lo ignoró, pues algo murmuraba sentada en la orilla de la fuente con el ramo de flores a sus pies. Cuando por fin la tuvo de frente, repitió la pregunta. Ay, padre. Vine a agradecer. La fuente me hizo el milagro, por fin voy a ser abuela.
Inconcebible. Sacrilegio. El padre andaba sin rumbo en el interior de la iglesia rumiando lo ocurrido, hasta que decidió tomar acción. Acudió a la autoridad para detener el paganismo, a la autoridad local, no la celestial. Doña Remedios, que pasa las tardes asomada en la ventana, lo vio cruzar la calle y dar manotazos al aire, enunciando un discurso para una audiencia invisible. Ya se deschavetó, pensó.
El padre Anselmo expuso su caso enérgicamente ante el presidente municipal de Primerodios. Le pedía, entre gritos y golpes al escritorio, quitar la fuente a la brevedad. Pero el honorable representante del pueblo no pudo ayudarle, o no quiso. Cada fin de mes limpiaban la fuente y “respetuosamente”, le dijo, tomaban las monedas. El impuesto de la esperanza. Además, yo prefiero no meterme en los asuntos de Dios, padrecito, para eso está usted. Al presidente municipal no sólo le preocupaba perder el ingreso mensual, sino también la popularidad y preferencia del pueblo. Con las elecciones en puerta no le convenía causar algún descontento a sus fieles seguidores, y truncar sus deseos de reelegirse por tercera vez.
El padrecito decidió recurrir a las estrategias de antaño, muy antaño, traería al Dios del viejo testamento, enérgico, vengativo y castigador. El Dios amoroso, que perdona y recibe con los brazos abiertos, lo guardaría, por ahora, en los cajones. En sus sermones les habló del Dios de las plagas, del que exige sacrificar a los hijos y del que castiga sin piedad a los que adoran falsos ídolos, como la fuente. Ya lo verán, habló con una voz profunda que resonó en toda la iglesia como si fuera un profeta, un día va a caer una maldición sobre esa fuente.
No tardó mucho en manifestarse el presagio de Anselmo. La primera en atestiguarlo fue doña Teresina, irrumpió con gritos en el templo, sin importarle incomodar a las dos personas que rezaban hincadas frente al altar. Interrumpieron los rezos para mirarla por encima del hombro. Entre otras palabras estridentes, exigía al padrecito una explicación. El padre la llevó hasta una de las bancas y la invitó a sentarse para ver si con las nalgas apoyadas se calmaba un poco. Teresina, con ocho hijos al hilo, pidió a la fuente ya no tener más engendros. Por eso no escatimó, aventé buen dinerito, padre, pero el resultado fue el opuesto. Otra vez estoy preñada, reclamó con prueba de embarazo en mano. ¿Y de quién es la culpa, padre, sino de usted? Le dijo que la fuente funcionaba muy bien hasta que él le impuso sus embrujos.
Pasado el rato y ya más tranquila, entre sollozos, doña Teresina volteó la cara para mirar a los lustrosos santos que espectaban inmóviles su desventura. ¿A cuál hay que pedirle el milagrito, padre? ¿Cuánto hay que dar? Preguntó. Pero Anselmo se echó hacia atrás, lo meditó un poco y luego vino la reprimenda. Teresina abría los ojos cada vez más grandes ante el reclamo del padre. Triste se fue, pero también confundida, pensaba que si no son para eso los santos entonces no tenía caso rezarles. Nueve meses después, aproximadamente, llevaría en brazos a su noveno para recibir del sacerdote el sagrado sacramento y declararlo como Novencio, para no confundirse, y sólo porque el padre se opuso a bautizarlo como Ultimacio.
La siguiente fue doña Venecia, quien también había acudido con el deseo de que su marido regresara con bien, un almirante de la naval que había emprendido una expedición, actividad en la que ya llevaba más de un año, y si las cuentas no fallan, no se reportaba desde hacía varios meses. Doña Vene por fin recibió noticia. Arrebató el sobre de las manos de Eulalio, cartero oficial segundo de Primerodios, y lo abrió con manos temblorosas. Pero las palabras diplomáticas del almirante, firmadas con sello oficial y todo, sólo eran para pedir que enviara sus medallas y condecoraciones que guardaba en una cómoda junto al comedor, porque ya no pensaba volver. Resulta que se enamoró, primero, de Venecia, la otra, la ciudad del Adriático, y segundo, de una jovencita veneciana que con sus chinos largos y sus simétricas caderas lo sedujo hasta el altar. En su mente, la iglesia del viejo continente no era la misma que la del pueblo y no le importó casarse por segunda vez. Venecia hizo lo que cualquier buena esposa hubiera hecho. Buscó las medallas, las limpió, las guardó en una caja, y salió por las calles hasta llegar a la fuente. Las depositó una por una deseándole una buena vida, a ver si la fuente le concedía lo contrario. Todos los días pasaba y vigilaba que siguieran ahí, le gustaba ver cómo se corrompía el metal y, pensaba que, con suerte, también el marido se oxidaría hasta morir de asfixia.
Así pasaron varias desventuras y el padrecito tuvo que designar un horario para visitas. La gente se formaba para esperar su turno y hablar con él, pero sólo les explicaba que él no podía hacer nada. En sus sermones dominicales dedicaba un tiempo para hablar de la fuente. Les insistía que una construcción como esa no podía tener poderes divinos, ni buenos, ni malos, sólo era agua y cantera. Pero las señoras lo miraban escépticas mientras se espantaban el calor de agosto con sus abanicos.
A pesar de las advertencias, el alcalde acudió a la fuente, como siempre lo había hecho para arrancar su campaña de reelección. Su asistente le previno, le informó de los hechos recientes, esa fuente está encaprichada, licenciado. Pero el alcalde consideraba el evento ya una tradición y hasta un ritual de buena suerte, por eso ignoró todos los argumentos que le presentaron sus allegados. Lo hizo todo igual, los músicos, las pancartas, el discurso, los aplausos y el brindis. Terminadas las palabras solemnes entregó el micrófono a su asistente y metió sus dedos robustos en el bolsillo del saco. Levantó en el aire una moneda de oro y la depositó en la fuente mientras manifestaba en voz alta el deseo de permanecer al frente de Primerodios, una gran responsabilidad que aceptaré con gusto, dijo, yo soy del pueblo y para el pueblo. El asistente se quedó con la mirada fija en la moneda de oro que brillaba al fondo de la fuente, temiendo lo peor. El alcalde le dijo que no se preocupara, que nadie se atrevería a robarla, además, confiaba en la gente buena, sólo gente civilizada conformamos esta gran comunidad. De cualquier manera, esa misma tarde mandó limpiar la fuente y recuperó su inversión. Le mostró la recuperada moneda al asistente que respondió moviendo la cabeza en señal de negación.
Semanas después se escucharon los gritos del alcalde a las puertas del templo para también reclamarle al padrecito por haber convertido ese monumento patrimonial en una fuente voluntariosa y maligna. No sólo culpaba al sacerdote de su desdicha, sino que le exigía que revirtiera el hechizo. Pronto aparecieron los mirones y el tumulto esperaba al pie del templo. El padre, sin abrir las puertas por miedo a enfrentar al alcalde que encolerizado golpeaba desde el otro lado, le dijo que él no hizo nada, qué él, a pesar de su comportamiento ejemplar, no era ningún santo y no tenía poder divino sobre las cosas de la tierra, sólo aquello que le permitía la iglesia.
La gente se hartó del chisme y regresó sus casas. La miseria del alcalde se escuchaba todavía al atardecer. Se sentó en la fuente y entre sollozos se quitó los zapatos, las calcetas, el saco. Ahora era un hombre común, un pueblerino. Por fin, Anselmo abrió las puertas del templo y fue a su encuentro, porque consolar al desvalido si estaba dentro de sus funciones. El alcalde buscó en el saco hecho trapo sobre los adoquines y sacó la carta para mostrársela al padre. Era un mandato, una orden federal, oficialmente firmada por el presidente que le impedía reelegirse. Sus intenciones violaban todas las leyes, era un atendado a la constitución, para la libertad. Si seguía con esa empresa, terminaría en la cárcel. Aparentemente, más de dos periodos en el poder era una ofensa a la soberanía. Pero aquí a nadie más le interesa la Presidencia Municipal, padre, eso no lo entienden. Anselmo, como en los otros casos, no pudo hacer mucho mas que colocarle el saco sobre la espalda y darle un par de palmadas.
La fuente permaneció al centro de la plaza por algún tiempo, frente al templo de San Genestacio, ya sin monedas, sólo contenía agua que servía de oasis para los pájaros y las palomas que llegaban de paso. Los chiquillos también se metían en los días calurosos y se aventaban el agua unos a otros entre risas, hasta que el alcalde, en su último acto oficial como presidente municipal de Primerodios, vino a clausurarla. Sólo estaba previsto cortarle el flujo de agua, secarla, quitarle la esencia de eso que la hacía ser lo que era, porque dejaría de ser fuente sin agua. Pero los vecinos acudieron al evento con picos y palas sin otra intención más que destazarla. El alcalde no pudo hacer nada para detenerlos. Subieron cada uno de los trozos a la carreta de Párvulo, y la empujaron calle abajo hasta el acantilado por donde volcaron todo el contenido sin dejar ni una sola laja de cantera, por si las dudas. Esa noche el pueblo durmió más tranquilo.
En la plaza no queda ni un sólo recuerdo de la fuente que concedía lo contrario, como si nunca hubiera existido. Sólo algunos adoquines de distinto color al resto atestiguan el lugar en dónde estuvo. La gente pasa de largo para entrar en el templo donde los santos continúan con sus alcancías vacías.
Diciembre, 2024

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