La Providencia [TERROR.E3]

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El Jarocho echó las rodillas al piso para seguir el rastro. Avanzaba lento y todos los demás le seguíamos de cerquita. El patrón le hacía preguntas. ¿Cuántos son, Jarocho? ¿Qué pasa? o cosas así, pero él estaba muy en lo suyo. Hasta se quitó el sombrero para ver mejor. Seguía el rastro como perro, agazapado, despacito. Paró su avance antes de llegar al río. Había unas piedras que estaban movidas. Como si alguien se las hubiera arrancado a la tierra. Meneó la cabeza de un lado a otro. Esto no me huele bien, patrón. Le entregó su rifle a otro, al horchata, y empezó a cavar con sus manos.

La tierra blanca y fina que el Jarocho aventaba con sus manos empezó a verse más oscura, y luego pegajosa. Pidió que le ayudaran pero no vi a nadie que se atreviera a meter las manos en esa pasta viscosa. Luego apareció un pequeño pico, algo blanco pero manchado de rojo. Los dedos y las manos del Jarocho fueron rascándole la tierra y luego aparecieron varios picos blancos más hasta que sacó toda la pieza completa. Yo no alcancé a oír lo que dijeron todos, se escucharon murmullos. Sólo escuchó a uno por allá, estamos malditos, dijo. ¿Quién puede hacer eso? preguntó otro después. Nadie, nadie, respondieron dos o tres. Nada más el diablo, dijo el charro al final. Yo levanté la vista, nos mirábamos unos a otros con los ojos pelones. Hubo quien se quitó el sombrero y se rascó la cabeza, pero el más atosigado era Juanito, que con su mano derecha se hizo la señal de la cruz en el pecho para santiguarse el alma, así como pudo, porque no siempre iba a las clases que nos daba el padrecito. Hablaba bajito, nomás lo pudo oír el que estaba a su lado, seguro.

El costillar del potrillo estaba entero. El Jarocho lo sacó para ponerlo a la vista de todos y se puso otra vez su sombrero. Le dijo al patrón que era momento de traer a los perros, el rastro se perdía junto al río. El patrón obedeció como hacía con todo lo que decía el Jarocho, sin pensarlo y con un grito mandó traer a los perros.

No siempre fue así. El Jarocho es como quien dice nuevo, no creció aquí. Se ganó la confianza del patrón porque le ayudó con su casamiento. Desde Veracruz se trajeron a la muchacha. Ese mismo día los conocí a los dos. Cuando llegaron sólo me dijo: Filidencio, le presento a mi esposa. La señora Inmaculada. Obedezca todo lo que le pida. Y qué bonita, de muy buen mirar. Con sus pestañas largas y su piel suavecita y rosada de los cachetes, blanca como la harina. Su cabello dorado y sus pestañas largas. Yo la saludé con respeto, no quise mirarla mucho aunque las ganas me hacían sudar las manos. No sonrió, no dijo nada, después se dijo que habían tenido un viaje complicado. Yo no estoy para hacer preguntas. Me quité el sombrero y ellos se dieron la vuelta. El patrón me pidió que los acompañara. Estaba emocionado por mostrarle todo a la señora. La capilla con su campanario, la cocina, los patios de la hacienda, el salón donde se organizaban los bailes. El establo. La señora pidió algo para tomar y luego dijo que quería retirarse a su habitación, que estaba cansada. De camino a las habitaciones nos cruzamos con el Jarocho. Se quitó el sombrero, y saludó a la señora con un modo raro, como sonriendo, pero ella no respondió, sólo agachó la mirada. A mí ni me volteó a ver. Después me enteré que ya se conocían, el patron se los trajo en el mismo viaje.

Nomás vamos tres, patrón. Que los demás se regresen, dijo el Jarocho mientras revisaba su rifle. El patrón asintió a las instrucciones y con su mirada le entendí lo que me ordenaba. A veces así era. Unos dicen que es la costumbre, pero yo a veces sentía que le conocía los pensamientos. La gente me miró fijo y yo señalé la hacienda para que todos volviéramos. El regreso fue peor, porque no encontramos respuesta. Íbamos más asustados. Nadie decía nada. Anselmo empezó a chiflar la cancioncilla esa que siempre canta, pero esta vez sonó muy triste, como si se estuviera despidiendo. Les dije que había que prepararnos para la noche, prender las hogueras y las antorchas a tiempo, para que no nos agarrara desprevenidos.

Subimos desde la mezquitera por la escalinata hasta el establo donde nos encontramos a los que traían los perros. Pobres animales, iban bien asustados. Los venían jalando con el mecate porque no querían bajar. Yo me quedé tieso. Nomás los vi pasar. Si hasta los perros tienen miedo, no sé qué nos espera a los demás, pensé.

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