La Providencia [TERROR.E2]

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A la mañana siguiente, vi pasar a don Isidro tempranito, no lo ví bien porque apenas empezaba a clarear, pero le reconocí la carraspera. La última vez que lo vi así de nervioso fue cuando nos enteramos que un bandido andaba saqueando las haciendas. Pancho Villa, dijo, qué nombre tan ridículo, y carraspeó varias veces.

Escuché su carraspera cerca de mi puerta, y luego tocó tres veces. Yo terminaba de comer un pan con leche, como todas las madrugadas.

—Filidencio —dijo desde el otro lado de la puerta— hoy trabaja nada más la mitad. Los demás me acompañan. Quien quiera que hizo esto nos la tiene que pagar.

—Entendido, patrón.

No me recuerdo cuántos años tenía cuando llegué a La Providencia. Al principio me hacían a un lado, como casi todos nacieron aquí, yo era de los raros. Allí me andaba solillo todo el tiempo. Luego fuimos creciendo y ya no hubo diferencia entre los de aquí y los de otro lado. Todos nos ocupamos por igual de la producción del algodón y del pulque.

Desde chiquinito me enseñaron a ofrecerle los respetos al patrón. Agachar la cabeza, quitarse el sombrero y hacer todo lo que se le pide a uno. Ayudar en lo que se pueda. Alimentar a los animales. Traer esto. Andar de aquí para allá. A algunos se nos enseñó a sumar y restar. Cada que llegaba el cura, y se quedaba la noche, sabíamos que a la mañana siguiente, muy temprano, nos llamarían para aprender algo. Los rezos, las lecturas o los números. Nos juntaban en la capilla. No siempre podían ir todos los niños, dependía del trabajo, pero a mí, el patrón me encargó que fuera a todos los aleccionamientos. Yo siempre cumplo mi palabra y le prometí que nunca faltaría. Hasta la fecha no he fallado. Ni siquiera cuando la Jacinta estaba profiriendo a mi primer varón falté a las lecciones del cura. «Son muy importantes, Filidencio, no faltes a ninguna», me insistía a cada rato.

Se me encargó atender al padrecito. Desde que llegaba yo lo ayudaba con las maletas. Las subía al segundo piso y lo acomodaba en el último cuarto del pasillo. Allí le gustaba porque se veía todo el maizal y el río. Me llevaba su caballo, le daba agua, alimento, lo guardaba en el establo. Y luego lo que se le ofreciera al don, su pulquecito con un bolillo, queso, tenía que dejarle mantas limpias en su recámara por si quería recostarse. Andaba pegadito al cura a donde fuera. Así no se me escaparía ninguna lección.

Conforme me fui haciendo mayorcito, el patrón me fue encargando más tareas. No sé qué vería en mí, pero ahora yo me encargo de la gente. Yo le decido quién hace qué y a qué horas. También hago mandados. Recados, todo lo que se ofrezca. Si falta algo voy al pueblo y lo compro, o llevo la producción hasta donde nos la piden. Ya van varias de esas vueltas hasta la frontera a comerciar con los gringos. Está muy lejos y una vez el desierto nos la cobró caro porque de regresó a uno de los trabajadores lo mordió una cascabel y se nos venía muriendo. Apenas llegamos, el patrón mandó llamar al curandero, y pronto dijo que había que cortarle la pierna. Ni chance le dieron de pensarle. Le dieron su garrafa de pulque y a machetazos. Pero se salvó, por ahi anda todavía ayudando en lo que se puede.

Los morritos cuidan de los animales. Pienso que para ellos es más fácil, pero no por eso menos importante. Limpiarles los espacios, llevarlos al agua, traerles el alimento. También se encargan de reparar las cercas, las puertas, todo lo que haga falta. Son más desobligados, no les gustan las responsabilidades pero todavía no están en edad de comprender cómo se gana el alimento.

—¡Patrón! ¡Encontré un rastro! —gritó el jarocho—.

—¿Dónde estás, jarocho?

—Acá, en la mezquitera.

El patrón hizo señas de que lo siguiéramos. Yo los dejé pasar. El gringo y el chapeado iban pegaditos a él. Luego los demás, y al final yo. El jarocho señaló las ramas rotas de unos mezquites, la yerba aplastada y sangre seca en unas piedras que estaban cerca. Había una huella, dibujada en la tierra. Parecía un coyote pero con las pisada más grande que la de una persona. El jarocho señaló hacia adelante.

—Sigue por la vereda que va al río —le dijo al patrón mientras revisaba que estuviera cargado su rifle.

—Vamos —comandó el patrón.

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