La Providencia [TERROR.E1]

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—Patrón, patrón… —le hablé desde el corredor para no despertar a la señora. Nada. No respondió. Pensé que sería mejor golpear la madera, y me acerqué más a la puerta de su recámara. Le toqué dos, quizás tres veces. No importa cuántas fueron, lo que merece aquí decirse, que se me incrustó en la cabeza, son los temblores. Mi mano, la otra, no podía quedarse quieta; trataba de mantener en alto una lamparita de aceite, pero el nervio la hacía tartamudear, y tintinaba, y su flama se movía asustadiza enfrentándose a la oscuridad del corredor. No sé si fue mi imaginación, pero escuché un ruido, allá, al fondo, a donde mi lamparita no alcanzaba a vislumbrar.

—¡Patrón! —le grité otra vez desde el corredor y toqué la puerta con fuerza; «que se despierte quien se tenga que despertar», pensé.

—Váyase a dormir, Filidencio —por fin se escuchó su voz desde el otro lado de la puerta —éstas no son horas. Lo vemos mañana.

—Es urgente, patrón —insistí.

Segundos después, escuché que la madera de su cama se quejaba, como seña de los movimientos de don Isidro, y ese sonido sobón de sus mantas al descobijarse. Luego la chapa que se abría. Sólo una rendija, nada más para asomarse, pero suficiente para que la luz amarilla de mi lamparita revoloteara en su rostro. Sus pelos despeinados pero su bigote bien puesto.

—Dígame ¿A qué viene tanto alboroto?

—El diablo, patrón —le dije queriendo hacerme el valiente pero se me atoró la voz. Eché la tos para fuera, para disimular el nervio.

—¿Qué?

—El diablo anda suelto. Se metió en la hacienda —dije, y escuché algo que tronaba en el fondo; miré por encima del hombro para cuidarme la espalda. Levanté mi lamparita temblorosa, pero esa pobre no alumbra tan lejos.

—Eso me pasa por tener pueblerinos supersticiosos. Espérame. Voy a ponerme las botas —escuché su voz perderse en la habitación—. Hubiera conseguido unos chinos, como le hicieron en El Tepeztate. Ya me lo habían advertido. Esos ni hablan español, ni se quejan, ni creen en el diablo.

—¿Qué pasó? —alguien hizo murmuros en lo más hondo del cuarto.

—Duérmete mujer —respondió el don.

Caminamos por el corredor y atravesamos el patio. Yo iba despacito, cuidándome de las sombras. Movía la cabeza de un lado a otro y empuñaba la lámpara con fuerza, echaba la luz en todos los rincones. Valía más ser precavidos, pero don Isidro es muy acelerado, sentí en el hombro el metal frío de su pistola, me exigió apresurar el paso. Lo llevé hasta las caballerizas. Esa noche no había luna. La oscuridad nos mordía la nuca con todos sus dientes. La timidez de mi lámpara no fue suficiente para don Isidro, y a la entrada de la caballeriza encendió dos antorchas. Deje eso ahí, me dijo. Yo siempre obediente, le di vuelta la perilla hasta que se apagó la flama y agarré una de las antorchas.

Entramos, sí, pero yo ni loco de volver a meterme hasta adentro. «Los asuntos del diablo no son asuntos de Filidencio», pensé, y por eso me quede ahí, pasandito el portón. El don, acelerado como es, ya iba más adelante y me miró pasmado. ¿Qué pasa? me dijo. Levanté el brazo y señalé al fondo, el último cubículo. El patrón me respondió con unos insultos y siguió con su paso rápido.

Conforme avanzaba, don Isidro miraba las manchas oscuras que escurrían de la portezuela del cubículo. Se detuvo a la mitad de la caballeriza. Miró a su alrededor y observó que también había sangre en otras portezuelas y en algunos postes. Parecía que alguien se había apoyado ahí con las manos sucias. Siguió avanzando. Cuando llegó al cubículo no pudo abrirlo. Lo intentó varias veces, pero algo del otro lado no dejaba que la portezuela se moviera. Se apoyó con un pie sobre la base de cantera para impulsarse y se asomó por encima para ver qué había del otro lado. Hijos de puta, se le atoró el enojo entre los dientes. ¿Qué? Le pregunté desde donde estaba. ¡Le cortaron la cabeza! gritó. Dijo que la cabeza de un potrillo estorbaba para que pudiera abrir completamente la portezuela. Bajó, y empujó con fuerza. Yo me acerqué un poco. Don Isidro entró en el cubículo. Del cuerpo del potrillo no quedaba nada, solo sangre, charcos y salpicaduras en el centro y en las paredes del pequeño espacio. Se agachó para tocarla, aún estaba líquida, fresca. No están lejos, dijo. Salió enérgicamente y desde ahí gritó

—¡Filidencio! Despierte a los muchachos. Que el gringo y el vaquero vengan con sus rifles.

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