Somnum Exterreri [cuento]

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El golpe de una gota sobre madera lo despertó en medio de la noche. Al principio pensó que estaba soñando y decidió volverse a dormir. Un segundo golpe, tiempo después, confirmó que había una gota derramando la fragilidad de su sueño. Abrió los ojos. Dedicó unos segundos a pensar de dónde podría venir el sonido. Sin duda se trataba de una superficie de madera, pero ¿en qué lugar existía la combinación agua-madera que hiciera ese tipo de ruido y sobre todo con ese nivel de volumen para haberlo despertado? Decidió esperar, esta vez atento, a que la cínica gota se manifestara de nuevo. Concentrado y con los ojos cerrados, la volvió a escuchar, aunque ahora no estaba seguro de que estuviera golpeando sobre madera. Se levantó. Como era la temporada del año en que comenzaba a hacer frio, fue por un gorro para cubrirse la cabeza y calcetines para los pies, además de ponerse las pantuflas afelpadas.

Los pies siempre se enfrían primero, pensaba. Encendió una luz para bajar a la cocina y revisar dentro de los estantes que se encuentran debajo del fregadero. Si había un lugar donde existiera la combinación de madera y agua, era allí. Pasó sus dedos sobre la superficie inferior del gabinete sólo para descubrir que no había humedad. Después fue palpando con cuidado los tubos de PVC que conectan el desagüe del fregadero con el drenaje, pero de igual forma todo estaba seco. Se escuchó de nuevo, esta vez más cerca. ¿Será que viene del patio? Salió, pero un viento helado en el pecho lo hizo regresar para cubrirse con algo más. La frazada sobre el sillón de la sala, abandonada por las noches pero socorrida por las tardes durante la siesta, sería ahora su aliado, posando sobre sus hombros para protegerlo. Así nació el paladín del ruido en la madrugada con capa de estambre y el superpoder de escuchar lo invisible.

Revisó el grifo del lavadero, las mangueras que se conectan de la lavadora a las tomas de agua y no encontró nada más que frustración. Las pantuflas afelpadas y los calcetines pronto sucumbieron, no eran suficiente protección para estar a esa hora a la intemperie. Los pies, el eslabón más débil contra el frío, confirmaba. La gota volvió a golpear.  Está aquí, pero ¿dónde? Quizás su sentido auditivo no era tan exacto y tal vez podría ubicarla más fácilmente con la vista, así que fue encendiendo todas las luces y sacó una silla al patio para poder subir los pies y cubrir todo su cuerpo con la frazada, mientras esperaba a que se atreviera a golpear otra vez y sorprenderla en el acto.

Postrado sobre la silla, como gárgola en una torre, vigilaba todo el patio desde una esquina. El sonido llegó y no pudo ver nada. Decidió contar el tiempo entre una gota y otra, así podría anticiparse, sabría el momento preciso en que llegaría la siguiente y no sería sorprendido. Uno, dos, tres, cuatro… pero la gota seguía marchando, invisible.  Se levantó para revisar el calentador de paso, luego, en cuclillas recorrió cada centímetro del patio buscando algún rastro de humedad. Tampoco tuvo suerte. Tenía frío, se sentía cansado, frustrado. Las gotas, sádicas desde tiempos medievales, siempre encuentran nuevas formas de torturar a los hombres, suspiró. En ese momento, le vino la idea de cortar el problema de raíz, así que fue a la calle a cerrar la llave de paso. Ya no existiría forma de que las tuberías se siguieran alimentando de agua, había sitiado a la gota, orillándola a su extinción y sólo era cuestión de minutos.

Al regresar al patio, ahora de pie, esperaba, deseando no escuchar nada. La siguiente vez que vino la gota no le dio importancia, es el agua que se quedó en la tubería, trató de convencerse a sí mismo. Poco a poco debería irse debilitando, escuchándose cada vez menos hasta desvanecerse. Pero la gota seguía con su canto.

Derrotado, buscó por toda la casa algún lugar en el que pudiera aislarse del martirio, o por lo menos donde fuera más tenue, aunque él sabía que una vez que su mente era acosada por un sonido así, por muy sutil que fuera, sería imposible de ignorar. Luego de entrar en el segundo cuarto de la planta superior, su última opción, se sentó sobre la cama a esperar, con la frazada sobre los hombros y frustración en los ojos. Cuando se volvió a escuchar, sospechó que el sonido venía del balcón, que algún tubo en la azotea estaba roto. Quizás el agua bajaba por la pared y en el filo de la ventana se formaba la gota, golpeando en el suelo del balcón. Intentó salir a revisar, pero el cancel estaba cerrado con llave así que tuvo que bajar de nuevo, buscar las llaves en el frasco secreto que alberga todas las de la casa y volver a subir. En el balcón, no encontraba gotas, ni humedad, ni esperanza.

De pronto, escuchó venir el sonido de un lugar más preciso. Después de todo sus oídos sí eran de fiar y apuntaban al patio del vecino. Desde arriba pudo ver que los dos patios eran contiguos y por eso estuvo engañado tanto tiempo, buscando la gota del lado equivocado. Apuntó con la luz de su celular en esa dirección, pasándola por todo el patio contiguo igual que un helicóptero busca un criminal en medio de la noche. Por fin logró ubicar la transgresión sonora: el grifo en el lavadero del vecino goteaba, y cada gota caía en una tabla que posaba sobre una cubeta vacía, haciendo eco.

Enfadado, pensó en cómo callarle la boca, amordazar el grifo. Aventarle la frazada, ¿quizás? Se la quitó de los hombros y comenzó a comprimirla entre sus manos, como un artesano, produciendo una forma esférica, el balón-frazada-proyectil que acabaría con el tormento. Fue acercándose a la orilla del balcón, se preparó para el lanzamiento pero le vinieron a la mente los años en los que jugaba baloncesto, y el recuerdo de que nunca fue un deportista destacado, aceptó que las posibilidades de fracasar eran muy altas. Prefirió salir y escabullirse para cerrar la llave de paso del vecino.

Luego, recostado sobre la cama, confiado pero temeroso, contaba segundos con los ojos cerrados. Nada. El silencio interrumpido a gotas había terminado. Se sintió triunfante. Había dominado las fuerzas ocultas del agua, logrando salir del laberinto, del acertijo de la boca de hierro y la fragmentación líquida. Cerrando los ojos, empezó a respirar profundamente para relajarse, para sentir el tibio aliento del sueño, y por fin descansar, y cuando comenzaba a traspasar las fronteras del coma profundo, sonó la alarma de su celular.

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