Ícaro [cuento]

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—¡Carlos! Deja de rascarte la espalda con tu regla!!! —dijo la maestra—, eso es asqueroso, ¡báñate bien! Como cualquier otro chico que cursa la prepa, los apodos empezaron a llover. «El sarna», «el ronchas», «rubeolo», «leprosín». La picazón acechaba la espalda de Carlos primero de manera esporádica y luego constantemente, hasta que llegó el momento en que no podía dejar de rascarse. Su madre hizo lo que cualquier madre preocupada haría cuando los remedios caseros no dieron fruto y lo llevó con el médico de toda la vida.

—A ver, Carlitos, vamos a revisarte —Le dijo señalando la camilla en la que Carlos se postró boca abajo sin camisa. Los guantes de látex, la lámpara de luz blanca y con un abatelenguas el pediatra dio su diagnóstico.

—Lo que Carlitos tiene señora es una resequedad marca diablo. Es muy común en la adolescencia. Aplique este ungüento tres veces al día y la comezón cederá poco a poco.

No fue así. Por eso, su madre decidió bajarse del camión unas cuadras antes, una tarde cuando regresaba del trabajo para entrar en la tienda naturista de la colonia.

—Ah, señora Domínquez, tenemos este ungüento muy bueno, está hecho con extractos de plantas del Amazonas, buenísimo para la escamosidad, piquetes, alergias, todas las afecciones de la piel.

Después de un tiempo, Carlos ya no sentía comezón. Por un pequeño instante su madre pensó que la pomada había funcionado. Pero luego vino el ardor, similar a una quemadura, y con ello el dolor. Carlos sentía una contractura muscular en la espalda.

A ver, Carlitos, vamos a revisarte, y otra vez el ritual de los guantes de latex y el abatelenguas para descubrir dos llagas verticales que empezaban a surgir a la altura de sus omóplatos. Esto pasa por rascarte tanto Carlitos, procura no hacerlo más. Siempre llegaba de la escuela con las camisas manchadas de sangre. Los apodos no se hicieron esperar. «Sidoso», «el sangres», «anticristo», hasta que un día dejó de ir a la escuela. Dos enormes costras empezaron a formarse y por fin la madre pensó que ya todo estaría bien, pero de cualquier manera lo llevó con el psicólogo.

—¿A veces sientes como que te desesperas? El ejercicio es una buena manera para liberar el estrés, pero si esto persiste, le recomiendo ver la posibilidad de que Carlos tome ansiolíticos señora —dijo el experto. Como la madre era buena madre y no pensaba darle drogas a su niño, hizo otra parada en la tienda naturista. Así se hizo se su botiquín de valeriana, pasiflora, y otras hierbas que según el encargado lo ayudarán a dormir mejor. Y sí, durmió mucho mejor y por más tiempo, pero las costras seguían creciendo.

Un día se pudieron ver pequeñas plumas en la espalda de Carlos y ahora sí no hubo expertos a quien consultar. Es un milagro, dijo la abuela. Entonces el mensaje era claro, había que ver al párroco.

—¿Has tenido alguna visión, algún sueño que te pareciera extraño donde alguien te diga un mensaje? Hay que estar atentos a las señales de cada día hijo, abre bien los ojos Carlitos.

Rápidamente y como es costumbre, la vecina sabía de lo que estaba creciendo en la espalda de Carlitos y por lo tanto, lo supo su comadre, quien habló del milagro en su círculo de oración. Así llegó a las charlas del café y los encuentros fortuitos en las cajas del supermercado. Afuera de la casa de Carlos pronto había todo un campamento de fieles y de reporteros que querían verlo. Como buen hijo que era, un día quiso ayudar a su madre y salió dispuesto a llevar la basura al contenedor de la cuadra, pero la marabunta desesperada por tocarlo lo embistió de manera que no pudo llegar ni a la mitad del camino. ¡Pude tocarlo! gritaban algunos, ¡yo tengo su chamarra!, ¡yo su zapato! Desde ese día no pudo salir de su casa ni por la puerta de atrás.

La madre de Carlos decidió desconectar el teléfono debido a las incansables llamadas que recibían pidiendo una cita con él. En los noticieros entrevistaban a personas afuera de su casa que habían venido de otros pueblos con una esperanza entre los labios. En las noches se podían ver las velas y se escuchaban los cantos. En la entrada, estaba repleta de ofrendas florales, aromas, ollas con comida, pan, alcancías con dinero, y un montón de cartas y fotografías con peticiones pegadas sobre la puerta y esparcidas en el suelo. La cámara con más avanzada tecnología fue empleada para ubicar a Carlos dentro de la casa. Los expertos explicaban su forma.

—Los colores naranjas indican calor. Esta es su cabeza y aquí están sus brazos, —decían en la televisión—. En esta imagen de perfil podemos ver claramente el gran tamaño de las formaciones sobre su espalda. Es visible que son de un material muy ligero pues pareciera que flotan cuando camina. 

Algunos sacerdotes de alta jerarquía habían llegado también al campamento. Con altoparlantes se presentaban uno a uno y pedían a Carlos que se mostrara, que les compartiera unas palabras. Los altavoces entonces parecieron una gran idea y pronto la casa parecía una zona de guerra de sonidos. Mi hijo está enfermo, gritaban algunos, todo lo que quieras para ti y tu mamá si posas para nuestra revista, se escuchaban las ofertas.

Una mañana, cuando apenas empezaba a asomarse el sol en el horizonte, uno de los fieles gritó: ¡ahí esta! su dedo que temblaba de emoción señalaba la azotea de su casa. ¡Es hermoso! decían. Pronto las cámaras estaban en la dirección correcta. Carlos se incorporó. La multitud gritaba emocionada. Tomó un gran respiro y entonces expandió sus alas. Con el sol incipiente a sus espaldas sus grandes alas dibujaron una gran sombra sobre los fieles. Algunos lloraban, otros se arrodillaron. La gente empezó a aplaudir. Carlos, tomó otro gran suspiro, y se fue volando.

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