La novela Plata sobre Gelatina se llamó «El Retrato» durante un largo tiempo del proceso de escritura.
El Retrato como título es muy genérico, aunque dejaba claro que es un elemento que juega un papel importante en la narración. Sin embargo, desde mi punto de vista es un título demasiado evidente aunque sea en realidad el fantasma de Don Ignacio quien narra la historia.
Para no ser tan evidente, y sobre todo, tan aburrido, decidí referirme a la técnica de impresión fotográfica que por mucho tiempo fue la dominante durante el siglo XX: sales de plata sobre una emulsión de gelatina.
El producto de esta técnica, o sea el retrato, es importante para la historia, ya que añade un elemento: está encantado, o embrujado como decimos en México. Es decir, hay un fenómeno paranormal vinculado al retrato. El alma de Don Ignacio habita ese retrato, y no puede separarse muy lejos del mismo. Está encadenado a él. Este es un aspecto que no se explica detalladamente en la novela, es decir, ¿porqué ese retrato está encantado y no cualquier otro objeto de la casa, o alguna otra posesión de Don Ignacio?
Desde mi punto de vista, el momento del encantamiento sucede cuando otro personaje, Rosarito, pronuncia el nombre de Don Ignacio sosteniendo el retrato, y entonces sucede el encantamiento. El fenómeno paranormal sucede, aunque no es explicado al detalle: una persona viva, con un alma inocente, pronuncia el nombre de alguien muerto mientras mira su imagen. Cuatro elementos clave para el encantamiento.
El fantasma de Don Ignacio es encadenado al retrato para siempre, con la posibilidad de moverse sólo unos cuantos metros. Como recurso literario, era limitante que el fantasma estuviera en un sólo lugar, por eso decidí que Rosarito tomara el retrato y lo llevara a todos lados.
Así, Don Ignacio, nuestro narrador, puede ver todo lo que sucede en la casa, y contarnos con su voz y a partir de sus experiencias en vida, la cotidianidad de mediados del siglo XX en el barrio del Calvario.

Deja un comentario