[CUENTO]
—Uno, due, tre, cuattro, cinque.
A Pepe le gustaba contar los escalones en italiano mientras subía por la escalera para llegar a su departamento. Como vivía en el primer piso, nunca pasaba de diez.
—Nove, dieci.
Él era una de esas personas que cuando se van a otro país un mes, regresan como si hubieran vivido allá toda la vida. Sus amigos le decían “el Mozzarella”, apodo que se ganó luego de irse tres semanas de intercambio a Italia en la universidad. Si fuera por él, se mudaría a Roma en este instante, pero al Mozzarella sólo le alcanzaba para ir un restaurante italiano de vez en cuando, quejarse de la pasta, y decir “gratzie” cuando le traían la cuenta.
El apodo no le incomodaba, al contrario, José Mozzarella sonaba mejor que Pepe Pérez, cacofonía que le valió varios motes durante toda su vida, entre los más memorables están: el pepepé, Pepe Pecas, El Pepper, ó Scottie Pepper cuando jugaba básquet.
Una noche, el Mozzarela esperaba a sus amigos en el bar de siempre, como todos los viernes. Aunque no suelen ser tan puntuales, aquella vez su retraso era más notable de lo normal. Pepe pensaba si ya había esperado suficiente, si debería de irse pues no le parecía justo tener que bebiendo a traguitos su cerveza mientras llegaban. Pepe persistió unos minutos más. Cuando estaba a punto de levantarse para sacar su cartera y pagar la cuenta, por fin, sus amigos entraron por la puerta del bar. El séquito era un poco más numeroso que lo habitual. Además de los ya conocidos, dos chicas irrumpieron la escena. Una era rubia de tez clara, y la otra tenía el cabello castaño, chino y los rasgos afilados.
—¡¡Mozzarella!! —gritó el primero abriendo los brazos. —Ven, te queremos presentar a alguien. Ella es Lotti, de Finlandia, y ella es Isabella, de Italia.
—Mucho gusto, yo soy José.
—JOSÉ! Jaja! No mames Pepe. Dile que hablas italiano —dijo el segundo.
—Sí, sí. Él parla italiano, dile que viviste en Italia Pepe —dijo el tercero.
—E vero?
—Sí, si, este, no pero, un rato nomás, este, nos sentamos no, o qué?
—Pinche Pepe, háblale en italiano.
—Parli italiano, Pepe? —dijo Isabella mientras se sentaba junto a Pepe.
—Sí, este, pero fue hace mucho, y pues, ya perdí práctica, aquí no tengo con quien hablarlo. Además, yo creo que ella quiere practicar su español.
Con el paso del tiempo y del alcohol por el torrente sanguíneo, y por la lengua, la charla bi y trilingüe era más fluida. Entre pronombres y verbos, Pepe se enteró que estaban en México para realizar una auditoría a una compañía americana, que Isabella hablaba 4 idiomas, y que acababa de llegar hace tres días. Luego de pasar por varios temas, Isabella sintió curiosidad por la estancia de Pepe en Italia.
—Estuve en Novara, seguro conoces, está a una hora de Milán.
—Mis padres son de Milano. ¿te ha gustado?
—¡Mucho! La arquitectura, la comida deliciosa. Vas a extrañar mucho la comida, aquí no hay ningún buen restaurante italiano.
—Ni uno sólo?
—Ninguno. Conocer Italia me arruinó la comida italiana para siempre, simplemente acá nada sabe igual.
—¡Pero si sois un exagerado! ¿Qué es lo que más te ha gustado?
—Bueno la pasta, por supuesto, me encantó.
—Pero Italia no sólo es pasta, ¿sabes? Sobre todo Milano, el ossobuco es delicioso, ¿lo habéis probado? ¿el risotto, la polenta?
—¿Qué es el ossobuco?
—Es un plato exquisito, muy robusto, bueno si te gusta la carne. Se prepara con vino bianco y algunos vegetales. ¿Te gusta cocinar? Si quieres podemos reunirnos un día y prepararlo, la receta de mi madre es deliciosa.
Pepe asintió, pero no sabía qué tan en serio tomar la invitación. A veces las brechas culturales son lagunas pantanosas. Para algunos es fácil invitar sin invitar, sin decirlo en serio, como una mera cortesía, para otros la palabra invitación no tiene más que un sólo significado y una clara intención. Pepe pensaba. Si era en serio, quizá, ella insistiría, algo que también, para otros, es absurdo, pues decirlo una vez es más que suficiente. Al llegar al final de la noche, en el momento de las despedidas grupales, Isabella se acercó a Pepe.
—¿Quieres anotar mi teléfono? Así acordamos día y hora que más convenga. Sí te apetece ¿no? El ossobuco.
—Sí, sí, claro, dame tu número y me dices qué llevo.
—No, no, yo compro todo y luego nos dividimos, ¿vale?
—Ok, vale
—Ciao, parliamo presto.
Al llegar a casa Pepe buscó sus cuadernos de italiano, sin encontrarlos. Recordó que en una ocasión se los prestó a una amiga que le pidió que le enseñara a hablar italiano. Pepe percibió que era una invitación genuina, pero en realidad su amiga sólo lo decía por cortesía. Durante los días siguientes, se dispuso a revisar algunos videos y tutoriales de expresiones comunes en italiano, revisó la receta y los nombres de algunos ingredientes.
Tuvieron que pasar quince días para que Pepe pudiera encontrarse otra vez con Isabella. Al llegar a la ubicación que marcaba su celular, timbró en un edificio de varios pisos. Luego de unos segundos escuchó en el comunicador la voz de Isabella.
—¿Si?
—Sono io, Pepe. —Dijo el Mozarella muy seguro de sí mismo.
—Avanti.
Sonó el buzzer y se abrió la puerta. Pepe entró y empezó a subir.
—Uno, due, tre, cuattro.
Como Isabella vivía en un segundo piso, Pepe siguió contando.
—Undici, dodici, tredici —pero al llegar a catorce, dudó.
—Cuaaatrodici? Cinquedici?
El Mozzarella se detuvo casi a punto de llegar al segundo piso, sacó su celular y se dispuso a verificar la forma correcta de contar. Pero la tecnología siempre falla cuando más se le necesita. Pepe levantaba el celular buscando señal, luego colocó un pie en el siguiente escalón para impulsarse y alzar un poco más el brazo. Sus esfuerzos fueron fútiles, seguía incomunicado con el mundo, sin acceso al conocimiento de los números italianos. ¿Qué haría ahora, abandonarlo todo así sin más, o regresarse y subir de nuevo, pero contando en español? Angustiado, decidió reiniciar el celular, seguro que, aunque fuera sólo por un segundo, lograba conectarse de nuevo. Mientras arrancaba, Pepe alzó la mirada y pudo ver que Isabella ya lo esperaba en el pasillo, a la puerta de su departamento. Se quedó mudo, no sabía si ella había escuchado algo o cuánto había visto. Nervioso, pensaba en una explicación sin poder articular palabra.
—Vieni Pepe, io ti insegno a contare fino a mille, —dijo Isabella sin disimular una sonrisa.
Pepe perplejo, guardó su celular, subió los escalones que faltaban y entró al departamento de Isabella.
La siguiente ocasión que José Mozzarella fue a un restaurante italiano, no se quejó de la pasta, ni dijo “gratzie” cuando le trajeron la cuenta.


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